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Etiquetas:   Con el telar a cuestas   -   Sección:   Opinión

La Venus, entre nubes, de Bastión (I)

Ángel Sáez
Ángel Sáez
viernes, 12 de octubre de 2007, 08:26 h (CET)
A mi dilecta hermana María Pilar, porque hoy, jueves, 11 de octubre de 2007, cumple años (¿que cuántos?, tantos como “taitantos”); ergo, ¡muchas felicidades!, querida.

“El perdón es la venganza de los hombres buenos”. José Ortega y Gasset

En los tiempos que corren, que parece que vuelan (y, en verdad, suelen surcar los diversos y distintos aires –no sólo los hogareños- adminículos varios –que, por supuesto, no todos ellos merecen y tienen la consideración de trastos-), tal y como ocurrió con los que les precedieron y así (intuyo y sospecho) acaecerá con los que les van a la zaga o seguirán, quienes quieran poner en práctica el Amor o la caridad (“Deus caritas est”, según tituló una de sus obras el Sumo Pontífice, Benedicto XVI) en su vida cotidiana deberán pedir y conceder perdón. A esa misma conclusión también llegó el mayor de los pensadores españoles del siglo XX (de tal guisa lo manifiestan sin ambages retardatarios, sin dudarlo un segundo siquiera, muchas de las personas que son versadas en dicha materia, la Filosofía) en su celebérrima teoría sobre el resentimiento humano, que concentró en la píldora que sirve de exergo a esta urdidura.

El perdón, sí, es la llave que abre los candados que colocamos en las puertas y las ventanas de nuestro templo y que, tras orear convenientemente nuestras ennegrecidas capillas, favorece la metamorfosis de nuestra mente y nuestro corazón, verdaderos campos de Agramante, en espacios especiales de caridad, para que brille en ellos la cooperación, brote la tolerancia y discurra la solidaridad.

Acostumbrarse a meditar y entender las razones aducidas por los otros, habituarse a perdonar, perdonarse (y es que a quien no consigue perdonarse no logra perdonarlo ni Dios) y solicitar perdón no es tarea fácil, pues exige un denuedo importante, que es, precisamente, la condición sine qua non o el requisito necesario para, libre de ataduras, volver a reemprender la marcha o, en el caso contrario, reanudar (o retomar) la relación rota, escogiendo la senda adecuada, la que es alentada por el fresco y frugal alimento de la esperanza.

(Continuará mañana.)

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