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El 'escándalo' en los medios

Miguel Ángel Sánchez
Redacción
viernes, 12 de octubre de 2007, 08:50 h (CET)
John B. Thompson pertenece a una generación de jóvenes sociólogos que en años recientes ha refrescado el estudio de los medios y la comunicación con la relectura y el reexamen de teóricos y escuelas tradicionales, y ha generado propuestas que llevan a terrenos que el establishment académico evitaría con un dejo de disgusto. Tal sería el caso de su teoría del “escándalo” en los medios.

Como ejemplo de lo que me parece una saludable relectura de los clásicos cito un fragmento de “La teoría de la esfera pública, publicado en el número 10 de Voces y culturas (Barcelona: 1996):

“Si se relee hoy la versión de Habermas sobre los cambios que han ocurrido durante los dos últimos siglos, se encontrarán muchos pormenores discutibles y algún material empírico que actualmente está muy anticuado. Pero el asunto importante es si Habermas hizo bien en interpretar extensamente estos cambios en el modo en que lo hizo -como una indicación de que la esfera pública de debate de los ciudadanos se había disuelto en un mundo fragmentado de consumidores cautivados por los espectáculos que despliegan ante ellos los medios de comunicación y manipulados por las técnicas de estos medios. ¿Tiene alguna solidez esta interpretación y, más específicamente, la tesis de la refeudalización de la esfera pública? Lo dudo. Ciertamente, esta visión tiene prima facie alguna plausibilidad. Tan sólo basta con ver por televisión unos pocos espacios electorales para advertir hasta qué punto la conducción de la política ha devenido inseparable de la actividad de dirección de las relaciones públicas. Pero si incidimos más allá del nivel de observaciones iniciales, es evidente que hay deficiencias serias en la visión de Habermas”.

Thompson estuvo en Xalapa para hablar sobre el futuro del libro digital en la Feria del Libro de la UV. Gentilmente me abrió un espacio en su agenda para intercambiar puntos de vista sobre temas como el papel real que tienen los medios en la construcción de lo que llamamos “una sociedad democrática” y la verdadera naturaleza de la relación de los medios con la clase política (más que con el “Estado”, como propone la terminología clásica).

En una entrega anterior comenté la desazón que percibí entre periodistas y estudiosos norteamericanos de la comunicación por la orientación acrítica y, hay que decirlo, entreguista, de un segmento de los medios de su país respecto al conflicto en Medio Oriente. En México cada temporada electoral -en particular pero no exclusivamente- advertimos el comercio de favores entre la clase política y medios que abdican de su rol de controladores sociales para ponerse al servicio de un programa de partido.

La pregunta es si este abandono de principios impacta o no en la conducta de los electores en la manera en que la piensan sus estrategas. Mi propia percepción es que no es así, y que la verdadera consecuencia de este tráfico es la paulatina despolitización de crecientes sectores de la sociedad. Y si mi percepción es correcta, los políticos y los medios que comparten el negocio pagarán eventualmente un alto costo mientras que las “victorias” de hoy quedarán reducidas a episodios pírricos en un futuro muy próximo. Convendría que prominentes políticos de todos conocidos se vieran en el espejo de los Bartlett y los Muñoz Ledo que hoy no pueden escapar a su pasado por mucho que se maquillen con polvos “democráticos”.

A continuación, fragmentos de la conversación que tuve con el profesor Thompson:

SdA: La relación entre medios y lo político es cuestionada ampliamente…

JT: Los medios son un conjunto de organizaciones que opera con sus propias formas de competencia y recompensas, lo mismo que las instancias políticas, montadas en estructuras peculiares. Pero aunque ambos están diferenciados estructuralmente, sus campos se traslapan y la zona de traslapo entonces es la arena de mutua dependencia y de mutua sospecha.

Es dependencia mutua porque los políticos necesitan de los medios para circular sus mensajes entre los electores, mientras que los medios requieren de los contenidos que los políticos proveen. Pero al obedecer a dinámicas y lógicas distintas, con frecuencia entran en relaciones de conflicto y tensión. Tal dependencia mutua, montada en estructuras distintas e incluso normada por una actitud cínica entre las partes, frecuentemente los coloca en conflicto.

En este contexto, lo que llamamos “el auditorio”, es decir, el conjunto de ciudadanos comunes y corrientes, no es en realidad parte de ninguno de esos dos mundos, pero tiene en los medios, en gran medida, su fuente de información política. Aunque se puede proponer que esta relación influye en la percepción que los ciudadanos tienen del mundo político y social, no es algo que se pueda dar por sentado. Se trata de fenómenos empíricos variables que deben ser analizados cuidadosamente. No creo que actitudes y conductas del electorado sean consecuencia mecánica de lo que los medios sirven y de lo que los políticos quieren promover. Es un proceso falible preñado de consecuencias impredecibles.

Ahora bien, la creciente disponibilidad de medios si bien otorga a los dirigentes un poder político y simbólico nunca antes visto, al mismo tiempo, en la medida en que no pueden controlar el proceso, los hace vulnerables de maneras que nunca se dieron en el pasado. Esto es lo que propongo con la “teoría del escándalo”: es la reacción y consecuencia, o el reverso del proceso, de los mecanismos utilizados por el poder político para intentar fijar la agenda de los electores.

En términos generales, pues, se trata de una dependencia recíproca y de sospecha mutua. En lo personal no creo que eso esté mal. Creo que es muy importante que las organizaciones informativas mantengan su independencia de los gobiernos y se vean a sí mismas como el cuarto poder, es decir, entidades que tienen en parte la responsabilidad de fincar responsabilidades a los gobiernos. Deben ser críticas de los gobiernos y desconfiadas del poder político. Es parte de su responsabilidad.

Ahora bien, siempre existe el peligro de que las cosas lleguen demasiado lejos y ese deber de supervisión se transforme en una conducta cínica. Algunos periodistas son tan profundamente cínicos y escépticos que en efecto contribuyen a crear un clima de desconfianza.

SdA: “Escándalo” es un término que puede prestarse a confusión. Supongo que aplicado a los medios tendría un sentido más bien bíblico.

JT: Utilizo el término ‘escándalo’ porque es una lente maravillosa para estudiar cómo los medios han transformado la naturaleza de la vida política desde por lo menos el siglo XVIII. El desarrollo de los medios ha impulsado un nuevo concepto de lo político. Al empatarse estructuras que operan cada cual con su propia lógica, se crean zonas comunes: los políticos utilizan el medio para hacerse escuchar pero el medio escapa a su control y un resultado puede ser la distorsión de ese mensaje.

SdeA: ¿La clase política ha tenido éxito en la manipulación de los medios?
JT: No tengo duda de que al interior de los gobiernos se derrochan energía y esfuerzos para ese fin. El gobierno de Tony Blair era famoso por los esfuerzos para evitar que los medios reportaran situaciones y hechos no favorables a su administración. Creo que los políticos intentan influir sobre los medios, pero no pueden controlarlos.

SdA: Parece una tarea fútil si tomamos en cuenta que la penetración de lo “noticioso” disminuye constantemente en tanto que el “entretenimiento” acapara los auditorios.

JT: No puedo dar una respuesta genérica. Me pregunto: ¿podrían los gobiernos dejar de intentarlo? No lo creo. Es una situación demasiado importante para que tomen una actitud de laissez faire, laissez passée ante los medios. Por otra parte, aunque algunas de las teorías del siglo pasado sobre la influencia de los medios en las prácticas electorales -como la de Lazarsfeld- mantienen cierta validez, hay sin duda factores de mayor peso en la determinación de tales conductas.

SdA: ¿Cuál es entonces el papel de los medios en la construcción de la democracia?

JT: Hay cambios, pero sería imprudente suponer que son exclusivos de nuestra era. Incluso en los siglos XVIII y XIX se dio una gran pluralidad con el surgimiento de diversas ofertas de medios impresos, así que no es correcta la suposición de que todo fue más sencillo en el tiempo pasado. Siempre han existido instancias de comunicación mediada y espacios en donde los actores políticos utilizaban a los medios como vehículo. Hoy, con la proliferación de medios y las nuevas tecnologías y las nuevas opciones que permiten a individuos generar y circular contenidos -como los blogs- se han generado nuevos perfiles de auditorio. Esto ha hecho más complejo el panorama, claro, pero me parece que más en lo cuantitativo que en lo cualitativo. Es difícil aún saber si esto representará o no un reto considerable al papel de los medios tradicionales.

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Miguel Ángel Sánchez de Armas es profesor – investigador en el Departamento de Ciencias de la Comunicación de la UPAEP Puebla. sanchezdearmas@gmail.com

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