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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Ley de Memoria Histórica

Roberto Esteban Duque
Redacción
viernes, 12 de octubre de 2007, 08:50 h (CET)
Un reciente vídeo cuyo titulo reza “para morirse tranquilo”, impulsor de la Ley de Memoria Histórica, mantiene en su contenido, de apenas un minuto y medio de duración, el pensamiento de que “no se puede olvidar” porque sería, en expresión de Aleixandre, como morir; que es necesario traer al presente el pasado para que no se vuelvan a repetir aquellos dantescos hechos; que no se debe dejar a los “surcos del azar”, como si la vida humana fuese en lo esencial azarosa y no tuviera ya meta alguna, según el bueno de Machado, el horror de unos sumarios que verán generaciones posteriores, evidenciando así el escarnio que sufrieron algunos o demasiados en la guerra civil y en la dictadura española; que hay una “clase de hombres”, merecedores de los avernos, a quienes se tiene la obligación de recordar y sobre los que tiene que caer el oprobio, aunque sea desde una clara visión contumaz de los hechos.

Decía Zubiri que sólo un buen hombre puede ser un buen ciudadano, y que sólo un buen ciudadano puede ser un buen político. Al juzgar lo primero, me convierto en Dios, pero al juzgar lo segundo, sólo cumplo con mi obligación. La política ha contribuido con sus yerros a crear grandes figuras históricas en los ciudadanos. Sin embargo, no parece sino que el actual presidente del Gobierno sea el representante de una generación perdida. Impresionado por la República, por la fuerza de un pasado oscuro, muchos son los que desean llevarle (especialmente dentro de su partido) a lo mejor en el actual estado de cosas, que no es sino a la retracción a la vida privada.

La Ley de Memoria Histórica no será una cima de la probidad. Recordar ahora es obsceno, y hacerlo desde la ley, pusilánime, un camino errático donde lo sustantivo consiste en una nueva confrontación. Decir que hay clases de hombres desvela ignorancia de la naturaleza humana, como si el heroísmo fuese el de un bando y la vileza el de otro, como si la compleja y endemoniada textura de la vida humana asumiese en unos la belleza del bien sin mácula, y en otros la fealdad de un pecado sin gracia.

El Ejecutivo, con la futura aprobación de la Ley de Memoria Histórica, responde de un modo inadecuado a la condición de heredero en que todo hombre yace. Si es verdad que el hombre “no sólo tiene pasado, sino que lo contiene”, como acertadamente afirmaba Ortega, también es cierto que una mala intelección del mismo posibilita un retroceso histórico que afecta seriamente a una convivencia pacífica. La creencia en el perdón y la reconciliación excluye la idea de reabrir agravios pretéritos. La paz exige una justicia de orden mayor que una ley cuya finalidad es radicalmente ideológica.

¿Qué sentido tiene la Ley de Memoria Histórica en la situación presente? Esta ley lleva a una involución indeseable en su pretensión de ordenar los hechos y de dominar el curso de lo que nunca debiera volver a ocurrir, a una manera subjetiva y a un interés partidista de acercarse a lo sucedido. El presente no es ya el reflejo de un odio histórico, en los que una parte quiere arrogarse la verdad. Ya no pensamos como si fuésemos dos facciones siempre amenazadas por la historia. Esta ley no es una necesidad. El hombre necesita saber la verdad. Pero una ley verdadera no crea confusión ni desorientación, no amenaza con remover para crear mayor división, como si todavía existiese una asignatura pendiente cuya aprobación significara salvarse de una casi segura condenación. Lástima que no se crea en Aristóteles. Existen hechos en la historia de los pueblos cuyo aprendizaje consiste precisamente en no mudarlos para desvelar su verdad.

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