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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Las américas

Francisco Arias Solís
Redacción
viernes, 12 de octubre de 2007, 08:50 h (CET)
“Américas purísimas,
tierras que los océanos
guardaron
intactas y purpúreas.”


Pablo Neruda

Entre las muchas cosas que son respetables, la más respetable es la realidad. La fidelidad a ella parece la condición fundamental para acertar. Nada se paga tan caro como la sustitución de la realidad por lo que nos parece o nos conviene. Si no se acepta la estructura de la realidad, ésta se venga resistiéndose a nuestra manipulación.

No quiere decir esto que la realidad no deba ser modificada o transformada; al contrario. En primer lugar, ella de por sí cambia y se transforma constantemente; en segundo término, esa variación debe ser orientada, pero siempre teniendo en cuenta lo que las cosas efectivamente son; partiendo de ellas, no de un esquema arbitrariamente proyectado sobre lo real.

Hablamos de América. En un sentido indudablemente es una: un Continente incorporado a la historia universal desde 1492, puesto entonces en contacto con el resto del mundo, receptor de la población, las lenguas y la cultura de unos cuantos países europeos, y después de elementos de otros muchos más, de Europa y de otros continentes. Es un Continente “joven” en el sentido de que las sociedades americanas actuales datan de hace medio milenio, aunque sus antecedentes históricos se remonten mucho más lejos.

Pero, aparte de estos rasgos genéricos. América no es una, sino múltiple y diversa. Más que de América hay que hablar de “las Américas”. Hay, por una parte, la América de lengua inglesa, sobre todo los Estados Unidos pero también el Canadá, análogo en tantas cosas pero diferenciado por su permanente conexión con Inglaterra, y por la presencia de una fuerte minoría de lengua francesa. Por otra parte, la América hispánica, profundamente diferente de la otra, con multitud de rasgos comunes, desde su mayor antigüedad hasta la presencia incomparablemente mayor de elementos nativos, su inspiración en otra cultura, etc. Pero dentro de esta América hispánica hay que distinguir las dos porciones lingüísticamente distintas: la de lengua portuguesa, el Brasil, y el conjunto de los países de lengua española; una y otra con hondas huellas de dos naciones europeas muy próximas, con muchas semejanzas, pero orientadas en dos sentidos diferentes. España y Portugal, tan parecidas, han tenido proyectos históricos independientes y en ocasiones divergentes. La América española y el Brasil no se pueden separar ciertamente; pero tampoco se pueden confundir.

Por último, si consideramos la América de lengua española, evidentemente más homogénea y dotada de alguna unidad, no podemos olvidar las enormes diferencias entre los países resultantes de la independencia, después de la disolución de la que fueron las Españas. Los actuales países americanos son de tamaño muy diverso y con una extraordinaria variedad de grados y formas de desarrollo económico y cultural.

Si no se tiene esto presente, si se proyecta sobre el continente americano una imagen simplificada y homogénea, se hace tabla rasa de tantas diferencias y peculiaridades, se violenta esa realidad múltiple, se destruyen tantas posibilidades. Si, por el contrario, se atiende sólo a la diversidad y se olvidan los decisivos elementos unitarios, se convierte América en una versión moderna de los reinos de taifas. Un tratamiento correcto de la realidad americana tiene que distinguir escrupulosamente las diversidades y buscar su lugar y su significación, a distintos niveles, dentro de su unidad. Y como dijo la voz armoniosa de un poeta de los continentes americanos: “La tierra se está haciendo de nosotros / está creciendo diariamente de nosotros...”

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