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Etiquetas:   Ver   juzgar y actuar  

Ser cristianos hoy

Francisco Rodríguez Barragán
Francisco Rodríguez
miércoles, 10 de octubre de 2007, 22:54 h (CET)
Muchos cristianos se sienten confusos y alarmados ante los constantes ataques de que está siendo objeto la Iglesia a la que ellos pertenecen. Los cristianos tendríamos que ver con claridad si los ataques que recibimos y el afán de ridiculizarnos, responden a que tratamos de obedecer a Dios antes que a los hombres o a que realmente somos unos malos y díscolos ciudadanos.

Si nuestra actuación se atiene al evangelio, no tenemos que andar tristes pues Jesús, el Señor, ya nos dijo: ¡Ay cuando todos los hombres hablen bien de vosotros! Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos. El que quiera seguir a Jesús, tiene que aceptar el sufrimiento hasta la cruz para llegar hasta Dios en la alegría eterna de la resurrección.

A todos los hombres, finitos y limitados, les llega más pronto o más tarde el sufrimiento y la muerte, pero los cristianos sabemos que nuestro sufrimiento tiene sentido, que esta vida es pasajera, pero Dios, nuestro Padre, nos espera al otro lardo de la muerte para una vida eterna.

Jesús de Nazaret, a quien seguimos los cristianos, comenzó su misión siendo tentado por Satanás en el desierto. Si eres Hijo de Dios, haz que estas piedras se conviertan en panes, si eres Hijo de Dios, tírate desde lo alto del templo pues te salvarán los ángeles, por último, la gran oferta: todos los reinos del mundo te los daré si me adoras.

Convertir las piedras en pan parece una buena idea en un mundo con hambre, demostrar poder con un gesto impresionante podía ser un buen sistema de darse a conocer y mandar sobre todos los reinos y someterlos ¡qué más podía esperar! Jesús rechazó estas ofertas: adorarás al Señor tu Dios y a Él solo servirás. Pero el demonio ha continuado a lo largo del tiempo haciendo las mismas ofertas a la Iglesia y en muchas ocasiones, lo mismo que el viejo Israel, tantas veces infiel a la alianza, ha caído en la trampa y siempre con fatales consecuencias. Utilizar el poder nos lleva a la soberbia de que somos nosotros los que podemos salvar al mundo, lo cual siempre resulta un fracaso. El Sacro Imperio o el poder del Papado, terminaron en cismas como el de Oriente, rupturas como la Reforma; lo mismo le pasó a Israel, después de la gloria de Salomón, el reino se hunde y se divide.

Cuando la Iglesia y los cristianos aparecemos ante el mundo sin poder, sin apoyos, despreciados y ridiculizados por los poderes políticos, no tenemos que desesperarnos sino ponernos en las manos de Dios. Todos los poderes del mundo han ido desapareciendo, solo Dios permanece y en El está nuestra confianza. Ahora más que nunca tenemos que pedir con insistencia que no nos deje caer en la tentación del odio, del compromiso interesado, de la infidelidad, la componenda o el miedo.

Como decía San Pablo, podemos estar atribulados, mas no aplastados; perplejos, mas no desesperados; perseguidos, mas no abandonados; derribados, mas no aniquilados. Sin duda que nuestra fe en Jesús puede ser necedad para los sabios de este mundo; nos dirán fundamentalistas o ese último insulto: rancios y casposos, pero nosotros sabemos que es sabiduría de Dios manifestada en Cristo muerto y resucitado. En esto reside nuestra fuerza.

¡Ay si todos hablan bien de nosotros! Será que estamos haciendo algo mal. Hay en muchos cristianos un afán permanente de ser aceptados y reconocidos por los sabios y los poderosos del mundo. ¡Ciudado! Este reconocimiento puede tener un alto coste: adorar al poder y ponerse a su servicio.

Recuerdo después del Concilio Vaticano II nuestras ilusiones de que se iba a producir un abrazo entre la Iglesia y el mundo, una hermosa primavera. No ocurrió así sino que sopló el viento huracanado de la secularización y la progresiva descristianización de gran parte de Europa. Los caminos de Dios no son nuestros caminos. El Reino de Dios no se impone. El Reino es Jesús que se ofrece a cada persona: el que quiera venir detrás de mí, que cargue con su cruz y me siga. Nuestra firme esperanza es que después de la cruz está la resurrección y la vida eterna junto a Dios.

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