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Etiquetas:   Con el telar a cuestas   -   Sección:   Opinión

Chance et charme

Ángel Sáez
Ángel Sáez
martes, 9 de octubre de 2007, 22:20 h (CET)
“Nunca he encontrado un hombre de quien no haya aprendido algo”. Alfred Victor de Vigny

Dilecto Félix (Unamuno –por acotar algo el tema o bastante el terreno-):

Antes de nada, convendría (te lo ruego, de veras) que tomaras en consideración y adoptaras la sabia decisión de eliminar de los correos que me urdes y envías (y yo recibo de buena gana y leo de aún mejor grado, con tantísima delectación) lo que huelga en ellos, que me trates de “maestra” y de “musa”. Si me estimas en algo (que así lo creo y ése es, asimismo, mi deseo), deja, por favor, para otros los apelativos susodichos (pues tú también eres maestro y muso para mí y no te lo recuerdo cada dos por tres). Agradezco sobremanera tus ditirambos, pero es que tú (me pesa tener que decirte que te pasas) los ensartas como si se trataran de las cuentas de un rosario (“respetada, reputada, considerada y admirada maestra y musa”, ¡vaya retahíla!). Tanta hipérbole junta llega a causarme cansancio y aun a hartarme (hasta hastiarme y “hostiarme”), en serio.

Desde que mis urdiduras (y/o “urdiblandas”, como sueles agregar tú) tienen cabida en varios sitios de Internet, mi hambre y mi sed siguen siendo idénticas a las tuyas. Continúo trenzando un renglón tras otro por esta escueta razón de peso, para mitigar el déficit de cariño que un día advertí en mí, al objeto de que quienes no me quieren me quieran y quienes ya me quieren me quieran más.

De cuantos te van conociendo, nadie se extraña o sorprende de que siga prendada y prendida de ti, porque se dan cuenta de eso (que tampoco se le escapó ni pasó por alto a E. S. O., un andoba de Cornago) que a la inmensa mayoría les resulta casi imposible (de) explicar con palabras y que unas/os se conforman con y en llamar carisma, otras/os encanto y otras/os fascinación.

Sobra urdir que es superior a mis fuerzas, pues no lo puedo remediar, el hecho de que siga mirándote de todas las maneras posibles, incluso a hurtadillas, sí; y admirándote a cada instante.

Félix, cada día me siento y veo más aislada, más sola. Para esta Soledad (con mayúscula), la otra (con minúscula) es el contrapunto de mi pasión y de mi consuelo, tú. Tú eres el istmo que me une a las/os otras/os, otras islas.

Tu nombre, Félix, le agrada un montón al mío, de la misma edad que el sol, tanto como la voz “ética”, que está contenida en otro vocablo que también me peta mucho, estética.

Soledad Ríos (“la Quíntuple”, intermitente e interminable).

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