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Etiquetas:   Al aire libre   -   Sección:   Opinión

Localismos y universalidad

Pascual Falces
Pascual Falces
lunes, 8 de octubre de 2007, 21:49 h (CET)
Es propio del ser humano, tan pronto como despierta cada mañana, implicarse con su medio más inmediato; así de sencillo, elemental y perogrullesco, es el obligado salto diario entre la fase de sueño y la de vigilia. A medida que va un poco más allá penetra en su entorno más pronto o más tarde; una cosa es despertarse, y otra, distinta, el hecho de levantarse.

Es sabido que los que “viven bien” se levantan varias horas después de haberse despertado, incluso desayunan en la cama, y los que simplemente “sobreviven”, como decía un escritor amigo que no conseguía editar sus libros, los que pertenecen al “submundo de los invertebrados”, se despiertan varias horas después de haberse levantado, estando ya en un transporte público o en la oficina.

La infusión de café se viene utilizando para aproximar, lo más posible, esos dos momentos. Su alcaloide, la cafeína -–de las llamadas aminas psicoestimulantes--, es un buen estimulante de la “substancia negra” -que se encuentra interpuesta entre las células del sistema nervioso en el organismo-, y, que, al activarse hace recuperar el sensorio. Con ello, se comienza a entender lo que se oye.

Ya despierto, el hombre percibe primero los objetos más cercanos, los que se puede decir que forman su lugar, su localidad, o “localismo” –una porción del espacio siempre limitada y que le rodea de modo inmediato--. El término “lugareño” es usado, en ocasiones, con matiz despectivo, no siempre bien intencionado, y sirve para señalar a alguien que conoce y se desenvuelve, a la perfección, tan sólo entre lo que le rodea, aunque la palabra, en su origen, significa pertenecer a un lugar, lo que suele ser un motivo de honra. El término opuesto es el que corresponde a tener conciencia universal, la universalidad, la inclinación por conocer y, de algún modo, participare en todo lo que materialmente existe. La “aldea global”, como se ha llegado a conocer a la población que habita este planeta, encierra un inocente sarcasmo al unir dos conceptos bien distantes, el de aldea (lugareño por esencia), y el de Globo terráqueo –planeta en el cosmos-. Aceptarlo, es asumir el orgullo de vivir en ella, y trae consigo la necesidad de “tomar café” para despertarse y conocer cuanto de asequible se halla sobre la corteza terrestre.

Son conceptos distantes y aparentemente contrapuestos, el de aldea, como localismo, y el de universalidad. Esta última noción que era, hasta hace unas décadas, inquietud propia de intelectuales y obsesión de imperialistas, ahora es una obligación común a causa de los avasalladores adelantos en la tecnología de las comunicaciones. No estamos solos al despertar, como, generalmente, no lo estamos en nuestra propia casa, ni en nuestro pueblo o ciudad, ni en nuestro país, o continente. Y puestos a abrir la mente... ¿por qué hemos de estar solos en el Universo?

Cosa distinta es que todavía no hayamos podido comunicar con extraterrestres; tal vez estén tan lejos que no se alcanza, y conocida es la inclinación del hombre a pensar que no existe aquello que no ve; algunos, voluntariamente, se sabe que imitan al avestruz que de modo en apariencia estúpido, mete la cabeza debajo del ala, como si al no ver, al pretender ignorar, lo demás dejara de existir. Pero existe, y llega, y si tiene fuerza e intenciones, arrasa; aunque no siempre, por que las fuerzas exteriores no necesariamente tienen intenciones dañinas como la ciencia-ficción hace creer con demasiada frecuencia. Hay ocasiones en que el tufo del entorno –el ¡Huele a choto!... de hace unos días-, hacen higiénico observar con detenimiento entornos más alejados.

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