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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Tendencias socioculturales de los trabajadores

Francisco Arias Solís
Redacción
domingo, 7 de octubre de 2007, 13:13 h (CET)
“Padre obrero: de tu trabajo vengo
de tu ascensión a mano dura y dura
por la vida. Mi grito de poeta,
mi vida de hombre claro y enfrentado
vienen de ti, de tu sudor de oro.”

Jesús López Pacheco

Los cambios tecnológicos y económicos han traído otros cambios en las mentalidades de los individuos, en sus valores, en sus sensibilidades, en su forma de entender la vida. Algunas de las claves que nos permiten explicar cómo han evolucionado las mentalidades nos la dan las etapas históricas, que afectan a la biografías y a las situaciones vividas y en las que se han educado las generaciones de los últimos años.

Primeramente habría que hacer referencia a una etapa inicial que podríamos llamar pre-moderna, para diferenciarla de los procesos de cambio que se suceden en momentos posteriores, cuyo final se iniciaría a mediados de los años cincuenta y se le podría dar por concluida a finales de la misma década. Hasta entonces, en comparación con lo que ocurre después, nos encontramos con una sociedad tradicional, con gran peso del sector agrario y un sector de servicios incipiente, apenas desarrollado. Con una fuerte influencia social de los valores e instituciones tradicionales que el régimen político se había ocupado de vincular con raíces seculares. Predominan los valores autoritarios y no se cuestionan los dogmas e instituciones sociales, culturales y religiosas. La cultura del consumo todavía no se ha universalizado, por lo que predomina el espíritu de sacrificio, el esfuerzo, el trabajo duro y el espíritu de ahorro sobre otros relacionados con el disfrute y el hedonismo que se darán después. Se trata de una sociedad encerrada en sí misma, autárquica, poco influenciada por las corrientes de otros países y que otorga una alta valoración a las instituciones de toda la vida.

En una segunda etapa, años sesenta, se inicia un estado de prosperidad y desarrollo económico, que rápidamente pone fin al mundo rural e inaugura la llamada “sociedad de servicios” eminentemente urbana y moderna. Es un momento en que se acelera el proceso de migraciones del campo a la ciudad, que había ido goteando a lo largo del siglo pasado. Las grandes ciudades ofrecían muchas oportunidades de empleo, merced al rápido desarrollo económico que tenía lugar.

En esta etapa se expande también la sociedad de consumo como consecuencia de la prosperidad económica. Todas las sociedades de capitalismo encontraron durante la década posterior a las segunda Guerra Mundial la base de su estabilidad y su legitimación en el desarrollo de amplios segmentos de clases medias que accedieron a unos niveles de bienestar sin precedentes en la historia y alcanzaron una capacidad adquisitiva que les permitió integrarse en el sistema económico a través del consumo, a la vez que se hacía posible el mantenimiento y desarrollo de nuevos y muy variados mercados de bienes y servicios. Esto ocurrió en España de forma muy acelerada durante la década de los sesenta y coincidió con el aperturismo a los valores y corrientes que venían de fuera. El consumismo tenía como referencia el estilo de vida norteamericano. Pero a finales de la década o principios de los años setenta, también tenían cabida las corrientes contraculturales, contestatarias o “progres” y con éstas las críticas al sistema y a las instituciones tradicionales.

La tercera etapa es la del cambio político o transición, que se inicia oficialmente con la muerte del dictador, aunque en cierto modo venía larvándose desde algunos años antes y se consolida a mediados de los ochenta, con la consolidación de la democracia.

La etapa se caracteriza por un rápido cambio sociocultural que acompaña y hace posible el cambio político. Las sensibilidades de la época se caracterizan por la exaltación de la contestación a los valores de la tradición y al pasado. Se cuestionan los valores autoritarios así como las instituciones tradicionales, se busca el cambio y el progreso social, teniendo como modelo de referencia las sociedades de otros países europeos. Si a principios de este periodo las tendencias socioculturales emergentes se centran en las reivindicaciones sociales, a finales del periodo las tendencias se centran en reivindicaciones individualistas, reforzándose el hedonismo y la desideologización. Con la individualización de la sociedad se alcanza el máximo distanciamiento de la población frente a los valores tradicionales. Y en este contexto se inaugura la década de los noventa, con la diferencia, a partir de 1992 de que se pierden las referencias de cambio, en relación con otras sociedades conocidas, y se vislumbran horizontes de incertidumbre que comienzan a dar paso a una nueva etapa.

En la actualidad vivimos una sociedad plural en la que conviven estos perfiles de las etapas que se han vivido en la historia reciente. Ello es debido a que los valores que se aprenden durante el periodo formativo de las personas son los que tienden a predominar a lo largo de la vida, aunque se vayan actualizando de acuerdo con los aconteceres del momento.

Todavía los trabajadores siguen apreciando significativamente el trabajo duro, el espíritu de ahorro y la honradez y son menos sensibles a otros valores, más propios de la clase media-alta, como la independencia y la ambición. Pero como dijo el poeta: “¿Qué hay del hombre / que éramos y que amaba tantas cosas, / la verdad sobre todo? ¿Qué fue de esto?”.

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