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Etiquetas:   Cesta de Dulcinea   -   Sección:   Opinión

Bicis y carriles cerriles

Nieves Fernández
Nieves Fernández
domingo, 7 de octubre de 2007, 00:20 h (CET)
Los que hemos utilizado la bicicleta en nuestros años mozos, sabemos del placer que se obtiene al pasear con ella por calles y plazas. ¡Ah, la bici!, ¡cuántos buenos recuerdos de juventud, siendo ella testigo de mil secretos enlazados entre los radios y ruedas de libertad, de una libertad apenas disfrutada y aprendida! Y de cuántos apuros nos sacaba “la máquina”, como la llamaba mi padre, agilizando los recados urbanos y rurales.

En bici se iba al campo a ganar el jornal, a la aceituna. A la poda y a la vendimia, a la huerta, al mercado, al colegio, a casa de la abuela, a ...
La bicicleta era usada en todas las edades, por hombres y mujeres, por niños y jóvenes, porque lo de las motos y los coches ya eran otros cálculos que no todas las familias alcanzaban a resolver. Utilizando la bicicleta sabíamos que éramos pobres y, ahora, cuando ella quiere recuperar su perdido protagonismo en las ciudades, descubrimos que también éramos felices, equilibrando sus dos ruedas románticas.

Pero he aquí que algún avispadillo o experto en ciclos, nos convenció de que lo moderno eran las bicicletas de montaña, más rápidas ellas, con el sillín más elevado, con más desarrollo, con más marcha y marchas y nos llegó la moda de que las bicicletas serían el instrumento perfecto para hacer deporte y kilómetros fuera de la urbe, ¡cómo si lo de antes no fuera hacer kilómetros y deporte, vamos! Ante tal equívoco y tamaño despiste, el resto de las ruedas se multiplicaron exageradamente bajo el pretexto del bienestar y ese fue el momento de debilidad que aprovechó el coche para invadir calzadas y zonas de aparcamiento. Cierto que los gobernantes se percataron perfectamente de estos tejemanejes de las todopoderosas ruedas y corrieron para consolarnos a inventar los carriles para bicis, carriles cerriles que a veces desaparecen para beneficiar de nuevo a automóviles y a automovilistas, cuando lo normal es que proliferen esos carriles, si de verdad se le quiere dar un protagonismo a “la máquina”.

Compruebo, por poner un ejemplo, que de Elche a Santa Pola hay un hermoso carril que cubre los 16 kilómetros que separan ambas ciudades, perfecta senda para llegar a la playa. Me cuenta mi hijo que, en otoño, Paris se puede visitar de noche en bicicleta, recorriendo los principales monumentos, esto es, sin necesidad de declarar un día de la santa bicicleta. Me entero de que Amberes presta bicis por 24 € anuales más una pequeña fianza y en Kortrijk, en Brujas y en Bruselas diviso enormes aparcamientos de bicis en las estaciones y universidades, fundiéndose sus manillares con el paisaje urbano. Me aseguran que esa tradición de años en mi ciudad ahora vamos a recuperarla. No quiero ser escéptica, pero es que el único carril bici urbano que había del centro a la primera ronda ha desaparecido y con desilusión veo a mi amigo Sebas transportar con dificultad a sus hijos a la escuela cada mañana. No puedo ser optimista. Otra excepción ciclista es mi amiga Rosa, directora de cine, que ya vivió un tiempo en Paris, y no desea perder en su ciudad la buena costumbre. En Almagro, es famoso otro director de teatro por ser un incondicional ciclista, acostumbra a llevar su bici a todas partes en el julio festivalero, de teatro en teatro, mezclándose con los lugareños, aquellos hombres de los que hablé al principio.

Es normal que en la vida y el tiempo manden los ciclos. Lo que no es tan normal es que sean los coches, siempre los coches, los que mandan por encima de los ciclistas y peatones, y que los jóvenes cuenten los días y horas que faltan para cumplir los 16 ó 18 años (y las supuestas normas) para poder conducir las dos o cuatro ruedas que les han de subir al eslabón del atasco, la contaminación y el ruido en el asfalto. Somos cerriles en esto de las bicis y carriles.

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