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Etiquetas:   Con el telar a cuestas   -   Sección:   Opinión

84 veranos increíbles, 84 estíos indelebles

Ángel Sáez
Ángel Sáez
sábado, 6 de octubre de 2007, 08:29 h (CET)
(OTRA VUELTA DE TUERCA AL ETERNO RETORNO, EL AMOR)

Desde que se publicara “La sombra intermitente e interminable de Soledad Ríos”, la vida de esta contradictoria y enigmática mujer ha estado en boca de todo el mundo, gente con dos dedos de frente (o más) y mucho chiquilicuatre de tres al cuarto. Han especulado sobre ella y sus dones, defectos y demás circunstancias (alguna, rayana con lo prodigioso y aun lo divino) hasta quienes ignoran qué significa el verbo “especular”.

Si hemos de hacer, al menos, un caso mínimo a la tesis que defiende y sostiene Félix Unamuno, su segundo marido, en la obra susodicha, la señera señora, con vicios contados, modelo de venustidad y prototipo de elegancia (“Brindo por ti, Marisol, esposa de escasas carencias, porque, tomándote por lo que, sin ninguna duda, eres, referente femenino, aunque sé que a ti, por tu proverbial humildad, esto no sólo te molesta, sino que te niegas en redondo a reconocerlo, los hombres que no sepan perdonar tus leves imperfecciones se quedarán sin darles bocados suculentos o “sucurrápidos” a tus plurales virtudes” es el párrafo que corona o fina el libro, el homenaje merecido a uno de los seres más libres de este mundo inmundo), Soledad, creció creyendo a pies juntillas que el Amor era el ingrediente inexcusable, necesario, para seguir existiendo, pero quedó encinta recién deshimenada y estrenada su mayoría de edad y, tras casarse y dar a luz a su retoño, se dedicó en cuerpo y alma al cuidado y esmerada educación de su hijo, Daniel Julián, y a la doma de su asilvestrado marido.

Cuando Daniel Julián entró como cadete en la Academia Militar de Zaragoza, Soledad se compró un ordenador y aprendió a navegar por Internet, a “enredarse” en varios foros de opinión y literarios. Poco a poco, fue participando en ellos, dejando aquí un parecer, ahí un comentario, allí un relato.

Como durante la semana Daniel Julián no le daba ningún quehacer, ninguna guerra, ella se la buscó, por su cuenta y riesgo, en la red de redes. Cierto día se decidió a escribir y mandar un correo electrónico a un autor que le había y seguía llamado la atención por cómo trenzaba sus intrincadas urdiduras (o “urdiblandas”). La relación “emiliar”/epistolar que inauguraron fue creciendo en latitud, longitud y profundidad, llegando ambos a enamorarse íntegra y recíprocamente, como nunca lo habían estado hasta entonces ninguno de los dos, ni siquiera en sus respectivas y proclives épocas de adolescente. Tras dejar la relación y retomarla aquellas veinte veces, Félix Unamuno le escribió esto: “En lo más profundo de mi ser, envidio a cuantas personas aman tan apasionada y locamente a una/o que se olvidan de tener un ápice de ternura y hasta una pizca de piedad por sus otros seres queridos”. Era el argumento, la clave, panacea o razón que andaba buscando Soledad Ríos para dejar a su marido, alejarse de su hijo e irse a vivir el resto de sus días con su alma gemela, Félix, quien le hizo inmensamente feliz. Al cabo de diez meses, “la Quíntuple” y Unamuno tuvieron una hija, Beatriz Penélope. Un año más tarde, se casaron en la catedral de Algaso.

Sin ánimo de contradecir lo adelantado, aseverado y aventurado por Félix Unamuno en su documentada biografía, servidor, el menda lerenda, esta pasada noche ha vuelto a soñar otra vez con Ezequiel, el ángel de la profecía. Al hacer éste mutis por el foro, prendido en la espalda y bajo una fecha, 05/10/07, que hacía las veces de título, data del 42 cumpleaños de Soledad Ríos, llevaba un cartel que contenía una frase elocuente de Gibran Khalil Gibran (“Debe haber algo extraordinariamente sagrado en la sal: está en nuestras lágrimas y en el mar”). Por razones que callo y reservo para mi coleto (a fin de no amedrentar a los demás), considero que es el aviso claro, cristalino, diáfano, de que Soledad Ríos morirá a las pocas horas de haber superado sus 84 canículas de existencia.

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