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Etiquetas:   Carta al director  

La pobreza que no cesa

Francisco Arias Solís
Redacción
viernes, 5 de octubre de 2007, 16:57 h (CET)
“¡Qué poco me va quedando
de lo poco que tenía!”


José Bergamín

La pobreza tiende a ser considerada como el problema de unas clases y comunidades marginales que van creando un “submundo” y una determinada tipología de familias y personas. El resultado es que los pobres separados de la sociedad, progresivamente van siendo estereotipados como una clase inferior tanto moral como intelectualmente.

Las personas y grupos sociales expuestos a las inseguridades generadas por los procesos de pobreza, tienden a perder sus conocimientos y experiencias para acceder a los recursos de la sociedad en general, salvo, en alguna medida, a aquellos que traten específicamente con los pobres; en este sentido, un comportamiento pasivo y respetuoso puede ser una condición previa para recibir asistencia.

Limitan sus horizontes y expectativas, en parte debido a la ignorancia de las oportunidades disponibles y en parte por realismo; y en ocasiones no prestan a sus hijos el estímulo y apoyo indispensables que les animen en su formación educativa.

Algunos sucumben a enfermedades o trastornos mentales o caen en conductas denominadas “desviadas” como resultado de estas tensiones.

Por todo ello, la pobreza va creando y configurando formas de vida y comportamientos deteriorados y rechazados por la sociedad.

El colectivo pobre tiene una conciencia histórica de su pertenencia a la situación de pobreza. Mayoritariamente viven en situación de pobreza como una situación permanente, más allá de la movilidad que ciertamente se da, como en cualquier otra situación. Pero en esta situación, la posibilidad de abandonarla es vista desde el escepticismo y la desesperanza. Así parece indicarlo sus expectativas; un 36,6% de las familias pobres creen que seguirán igual que están ahora; un 37,1% piensan que estarán peor; un 16,2% no saben cómo evolucionará su situación y sólo un 10,1% de las mismas creen que mejorará.

La desconfianza en sí mismos y en la sociedad acaba constituyendo un rasgo de su personalidad; lo que acaba constituyéndose en parte de su situación de pobreza.

El colectivo bajo el umbral de la pobreza constituye uno de los sectores sociales más indefensos, tanto por su situación objetiva de pobreza como por su escasa capacidad de organización y asociación. Esta disgregación social es, sin duda, una de las causas de perpetuación de la pobreza estructural.

Cuando los discursos y las intervenciones que la sociedad genera sobre los colectivos pobres -a través de instituciones públicas o privadas-, son paralelas a sus mundos vitales, quedan convertidos en objeto del discurso institucional, y de la propia intervención. Mientras esto sea así, deberemos afirmar que también existe una causa institucional de la pobreza, al menos de su permanencia en ella.

La pobreza reproduce pobreza. Existen las condiciones suficientes para que la pobreza se transmita y perpetúe. La percepción de las carencias económicas, culturales, laborales, de salud, de las personas y familias con un grado notable de pobreza, no se reduce simplemente a que se vean obligados a buscar los medios de subsistencia de muy diversas formas, sino que tales carencias pasan a “ser personas” y llegan a ser una “forma de vivir”.

La Comisión Europea expresó sus temores de que una pobreza persistente a lo largo del tiempo que se halle concentrada en áreas específicas, puede producir un aumento de la exclusión social y del comportamiento patológico. Y es que, como dijo el poeta: “Yo creí que con el tiempo / la pobreza se acabaría / y va aumentando / como las horas del día”.

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