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Criterio de verdad

Francisco Rodríguez Barragán
Francisco Rodríguez
viernes, 5 de octubre de 2007, 03:40 h (CET)
La democracia es, quizás, el mejor sistema de gobierno posible, pero también puede ser una palabra vacía de contenido o una palabra manipulada que se invoca para someter a la gente. En nuestra democracia el poder del pueblo, del demos, es una mera ficción.

Votamos cada cuatro años a unos a unos representantes a los que, muchas veces, no conocemos y a los que no controlamos. Realmente votamos −los que no se abstienen− a unos partidos que tienen en sus manos el poder de confeccionar unas listas cerradas y, después de las elecciones, decidir pactos y repartos con quienes les parece, para alcanzar el poder. Nadie exige el cumplimiento de ningún programa electoral. En muchos casos los votantes, como si se tratara de aficionados de un equipo de fútbol, se ponen muy contentos si el partido al que votaron alcanza el poder y no vuelven a plantearse ninguna otra participación política, ni si sus decisiones son beneficiosas o dañinas para el conjunto del país.

Los que votaron al partido perdedor pueden sentirse molestos unos días, pero tampoco deciden plantearse ninguna participación política. Los partidos son de sus dirigentes y no de sus votantes que se desentienden del día a día de la política y solo llegan a quejarse cuando les afecta el bolsillo, salvo algunas voces que, a veces, pienso que predican en el desierto.

Este sucedáneo de democracia en el que “elegimos” a nuestros representantes a los que, una vez elegidos, no podemos controlar, sirve cubrir de un ropaje de legitimidad a una comedia en la que autorizamos a otros a que decidan por nosotros lo que les venga en gana. Es algo así como si dijéramos: “ya que la gente no sabemos lo que nos conviene, que ellos decidan por nosotros”

Y aceptado sin discusión que esto es una democracia, pues ¡a disfrutar de ella! Quienes nos gobiernan piensan que, consiguiendo una mayoría de votos en el Congreso de los Diputados, se puede hacer lo que se quiera. El resultado de una votación sobre cualquier cosa marca, no solo la cambiante legalidad, sino que además se alza como criterio de verdad al que todos debemos someternos.

Pero hay leyes y valores que no nacen de la constitución, ni los regala el gobierno, sino que forman parte de nuestra condición de personas libres que tienen que decidir con autonomía su propia vida. Un gobierno, digno de tal nombre, es el que garantiza la libertad y autonomía personal de todos y un gobierno despótico y totalitario es el que pretende imponer una determinada concepción de la vida, de la moral, del bien y del mal, del destino del hombre, de la felicidad. ¡No dejemos que lo consiga!

Se dice y se repite que estamos gozando de un periodo de paz privilegiado, como nunca se había tenido antes. Sin andar discutiendo la exactitud de tal afirmación, no podemos cerrar los ojos a las deficiencias que se han puesto de manifiesto con la mayor intensidad desde la llegada de Rodríguez Zapatero al poder. Su acción de gobierno demuestra cada día que no hay nada seguro en nuestra nación, ni la libertad, ni la economía, ni la educación, ni la vida siquiera, −aumenta el aborto y se anuncia la eutanasia− La violencia,la corrupción, la mentira, campan a sus anchas. Pero todos los políticos se llenan la boca de la palabra democracia, aunque el poder del pueblo no sea más que votar cada cuatro años una lista, cerrada y bloqueada, para que otros decidan por nosotros.

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