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Asistencia en la muerte súbita

Pascual Falces
Pascual Falces
viernes, 5 de octubre de 2007, 03:40 h (CET)
“Todo español debe estar atendido en caso de muerte súbita”, parece deducirse como democrática y “constitucional” conclusión a causa de un reciente y mortal percance. Como deseo o anhelo, ¡qué duda cabe!... resulta encomiable. Más, como “desideratum”, deja mucho que desear, y además es impracticable. La tragedia del joven futbolista del Sevilla ha puesto sobre el tapete si recibió o no la apropiada asistencia. Y, como en su caso, tantos otros conocidos por las estadísticas surgidas con motivo de esa desgracia. Como siempre sucede, se han recogido multitud de comentarios; unos, sensatos, tratando de obtener lo positivo de la funesta experiencia –de si fue por el corazón, o no, p.e.-, y otros, disparatados, de los que a tanto se acostumbra ahora en que cualquier mentecato tiene a su alcance un micrófono o la plana de una publicación.

Desideratum, según el dic. de María Moliner, es: Lo más, o lo *mejor que se puede desear en la cosa de que se trate”. Y, en efecto, lo más, seria que cualquiera, se muera súbitamente o no, reciba la atención adecuada, lo cual implica que nadie se muera “desatendido”, no que no se muera. Naturalmente, el fallecimiento de un deportista joven, y esperando un hijo, provoca un sentimiento de mayor frustración que si esa misma desgracia le acontece a un anciano de los que dormitan desamparados sobre los bancos de nuestros parques. Toda una injusticia; la vida humana es igualmente digna y respetable en cualquiera, desde la concepción hasta su muerte, y sea en las condiciones que fuere.

Los autorizados criterios de los cardiólogos, con su mejor intención, también contribuyen a crear torcidas interpretaciones en la opinión pública. Así, cuando aseguran que “La terapia precoz con desfibriladores, aparatos que transmiten corriente eléctrica al corazón, son la única terapia eficaz para evitar la muerte súbita de origen coronario.”, parece traer la consecuencia de que es una osadía permanecer en lugares donde no se sepa, de antemano, que disponen, operativo, del citado aparato. Las preguntas se amontonan, ¿lo tendrán en los cines? ¿Lo llevará el AVE? ¿Qué “aparato” de esos queda más cerca de mi oficina? En este hotel, ¿tienen “desfibrilador”? Además de navegador, ¿no sería bueno que los coches lo lleven también?… y, etc.

Aclaran a continuación, que, sólo el 80% de las paradas cardíacas se producen por un fallo en el funcionamiento del corazón susceptible de resolverse con tal invento. En el restante 20 por ciento, no. Lo cual no es consuelo por ningún lado que se vea, el muerto, muerto queda con, o sin, desfibrilador cercano. Parecen aportar cierta tranquilidad cuando afirman, que, "La muerte súbita no siempre implica mortalidad. Ocurre diariamente en el hospital. Al paciente se le para el corazón, se le reactiva y no se muere ninguno porque se aplica el tratamiento de forma inmediata.” Afortunados los que sufren tal acontecimiento en lugar y momento tan oportunos. Más, ¿hay alguien que pueda elegir esas dos circunstancias en su vida? Lo apropiado resultaría hacer la vida en cualquier hospital, ¿es esto pensable?

“Si fuésemos capaces de aplicar la desfibrilación precozmente, con servicios más próximos al ciudadano, podríamos duplicar la supervivencia", sostienen. Duplicar, no es la totalidad ni la mayoría, lo que también consuela del hecho de que la sociedad no sea capaz de ofrecer la proximidad de esas medidas. La asistencia médica, por fortuna, cada vez se aproxima más al paciente, va en busca de él, pero de ahí a creer en la inmortalidad del hombre por tenerlo cercado de tecnología, hay una invaluable distancia.

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