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Opinión
Etiquetas:   Carta al director  

Estado laico

Antonio Pérez Gallego
Redacción
jueves, 4 de octubre de 2007, 14:42 h (CET)
Es función principal del Estado la regulación de la pública manifestación de los usos y costumbres religiosos, con el propósito de permitir su ejercicio y para evitar que colisionen o enfrenten los derechos de quienes no comparten la misma ideología. Sólo de este modo se permitirá la diversidad y será posible la convivencia.

Determinadas conductas no alientan precisamente la comprensión y, a estas alturas, deberían haber sido superados los favoritismos si realmente tienen sentido conceptos como igualdad o Estado de Derecho y, en ningún caso, justificar privilegios atendiendo a la tradición o seguimiento por amplios círculos de población. Equilibrio que, por otra parte, podría verse modificado por el incremento de población foránea y consecuente auge de otras confesiones que estarían legitimadas para solicitar el mismo tipo de “favores” que quienes se aferran al pasado y no parecen dispuestos a permitir un cambio que ponga fin a la connivencia de los poderes políticos y religiosos.

Nos mostramos tremendamente críticos al analizar la ingerencia de los líderes religiosos en la vida pública en otras culturas reaccionando – como no podía ser de otra manera - contra prácticas o usos que fomentan la desigualdad y, aunque mayoritariamente coincidimos en juzgar satisfactoriamente nuestra propia evolución, (pocos cambios habrían sucedido de no mediar presión social alguna) aún no somos capaces de desligarnos de ciertos prejuicios que condicionan sobremanera nuestro juicio y percepción sobre lo que nos acontece, obstaculizando sensiblemente una concepción amplia que ponga definitivamente fin a cualquier tipo de discriminación.

Las declaraciones oficiales desde distintos sectores eclesiásticos o, incluso, de algunos líderes políticos alineándose con la postura exhibida por aquellos, continúa interfiriendo la vida pública española en su pretensión de fomentar un estado laico.

De manifiesta desigualdad cabría catalogar el destino de las subvenciones públicas si previamente no han sido empleadas para paliar las necesidades de primer orden que, desgraciadamente, aún siguen constituyendo un objetivo principal. Y ello refiriéndose únicamente a los círculos más cercanos, puesto que si olvidamos nuestra particular forma de entender la solidaridad y rebasamos nuestras absurdas fronteras – físicas y mentales - encontraremos situaciones de auténtica penuria que necesitan urgentemente de ayuda. Tengo la convicción de que antes o después una nueva concepción y orden mundial se consolidará, frente a la actual hipocresía de los países industrializados que sólo destina una parte de las sobras al tercer mundo. No deberíamos entender la globalización como el escenario en dónde se desarrollará el libre comercio y el enriquecimiento de unos en perjuicio de otros. Y para no desviarme excesivamente del título y no abordar otros terrenos merecedores de una opinión diferenciada, terminaré concluyendo que, obviamente, no comprendo en modo alguno la subvención estatal a ningún tipo de confesión religiosa que, fundamentalmente, no debería transgredir el ámbito de lo personal o privado. Única forma de expiar los excesos cometidos en el pasado y sentar las bases del respeto mutuo y a las creencias ajenas, sean cuales fueren.

Respecto de la educación, debería ser lo suficientemente heterogénea y rica en matices como para que cualquiera fuese instruido sobre cualquier materia del modo más ecuánime e imparcial posible, cuestión harto complicada en sí misma como para que, además, sea manipulada o dirigida conforme a intereses. Sólo de ese modo sus destinatarios podrán disponer de una cierta dosis del equilibrio emocional necesario para conducir su vida conforme a sus propios criterios y no verse en la necesidad, a veces demasiado tarde y como ha sucedido con generaciones anteriores, de una búsqueda de identidad ante la eventual decepción sufrida a raíz de una educación absolutista y exenta de sentido crítico.

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