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Etiquetas:   Con el telar a cuestas   -   Sección:   Opinión

El consolador con solera de una ninfómana (I)

Ángel Sáez
Ángel Sáez
miércoles, 3 de octubre de 2007, 21:57 h (CET)
(QUE, SALVO A LOS DESCONFIADOS Y A LOS FALTOS DE ESTIMA O SEGURIDAD EN SÍ MISMOS, A NADIE MÁS PERJUDICÓ, PALABRA)


Quien aquel miércoles cumplía años, la simpática cifra de los dos patitos, veintidós tacos del ala, estaba a punto de llegar al portal del edificio donde residía y estaba su casa, un piso de estudiantes (que compartía con otras tres chicas más, nacidas, asimismo, como ella, en la capital de la ribera ibera de Navarra), sito en la avenida de Madrid, en el populoso y zaragozano barrio de Las Delicias. Mientras, su novio, que había dispuesto todo lo necesario para darle una sorpresa grandísima, gratísima, pues incluso había rogado a una de las compañeras de piso (a quienes había invitado a merendar y al cine, para estar unas horas a solas con su chica, después de que ésta viniera de ensayar con el resto de los componentes del coro universitario) de su novia que le hiciese el favor de prestarle su llave para tal fin, andaba en aquellos precisos momentos desesperado, buscando fuego de cerilla o mechero con el que encender las dos velas rojas que había comprado para acompañar la cena oriental que había encargado por teléfono a un chino y acababa de recibir. Como su novia fuma(ba), entra en la habitación de su media naranja y no halla nada (con lo que inflamar) encima de la mesa de estudio; abre, a continuación, el cajón superior de la mesilla de noche y, tampoco, nada (con lo que prender); tira del asidero del inferior y, ¡horror!, encuentra lo que toma por un insulto y hasta ofende su dignidad de macho, un sustituto de su pene, de plástico.

El novio, agraviado, epatado, celoso, sale del cuarto patidifuso, meditabundo, cabizbajo, con la moral y la confianza, estima o seguridad en sí mismo por los suelos, sin haber dado con qué pegar fuego a las encargadas velas encarnadas. No se da cuenta de que mira, pero no ve, el objeto que lleva aún en su diestra, mas, en un segundo de genialidad o ráfaga de inspiración, logra reparar en ello y decide, en un santiamén, afrontar el problema de forma adulta y resuelta. Cuando escucha cómo su novia acababa de introducir su llave en la cerradura para abrir la puerta, sólo se le ocurre santiguarse; lo que hace ipso facto.

Nada más aparecer la figura de su media naranja provisional (el amor y la verdad son interinos; duran hasta que son definitivamente refutados) en el quicio de la puerta (sin tal) del salón, donde su novio le aguarda, éste le dice “¡muchas felicidades, prenda!” sin demasiado entusiasmo; se le acerca y le da (casi más correcto sería urdir que le quita) un beso en los labios y, cuando ella, extrañada, le pregunta “¿qué pasa?”, él le enseña el artefacto y le espeta:

(Continuará mañana.)

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