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Opinión
Etiquetas:   Carta al director  

Reinos y taifas

José Alfonso Romero
Redacción
martes, 2 de octubre de 2007, 16:27 h (CET)
Bajo el paraguas de la libertad de expresión enmohecen hasta pudrirse: la justicia, la dignidad y la libertad; qué decir pues de la solidaridad, cuado en ella se amparan esos insensatos e insensibles hombres y mujeres capaces de quemar en la efigie del rey el espíritu de tan esenciales valores.

Bien pudiera proclamar el rey: “ahí me las den todas”. Pero, lo puede admitir el pueblo, podemos nosotros como sociedad o como individuos consentirlo, y, lo que es más grave, alentarlo, cuando lo que de verdad supone es menoscabar la esencia de la democracia y quebrantar su pilar fundamental, la convivencia: juzgo que no.

Gritan hoy contra los privilegios del rey, fundamentos en el linaje y la herencia, los que reclaman para sí y en el nombre de esos mismos, discutidos y discutibles, derechos: fueros, feudos, privilegios y propiedades que no les corresponden. Pues, es cierto, nadie puede heredar a otro hombre y menos aún a todo un pueblo. Y eso rige para reyes y para reyezuelos, para reinos y también para taifas.

Atacan los nacionalistas al Rey no por lo que representa en lo anacrónico de su esencia y existencia, sino en lo moderno, plural y democrático de su actual mandato institucional. Eso es lo que les exaspera y como tal les resulta insoportable. Cómo entender un rey de todos, aquellos que sólo tienen conciencia de ellos mismos. Cómo admitir un criterio de plural unidad en la convivencia aquellos que proclaman la diferencia como excelencia de ésta. Cómo admitir la igualdad aquellos que procuran para sí el derecho a conceder y negar ciudadanía y condición a otros hombres y pueblos.

Hoy el Rey de España es símbolo de unidad y la unidad garantía de solidaridad y de igualdad en derechos y deberes. Se puede afirmar por tanto, que hoy por hoy la corona representa la modernidad frente al fundamentalismo medieval a que nos abocan los nacionalistas, con la aquiescencia de amplios sectores sociales que sumidos en el marasmo del insano eclecticismo y la pérfida equidistancia y ante la tesitura de tener que combatirlos o disculparlos no dudan en tildarlos de progresistas, para así integrarlos sin conflicto en su cómodo discurso.

Hoy la bandera, la patria, el himno y la corona representan la convivencia frente a la irracionalidad de los que envueltos en las suyas no buscan sino romperla en el nombre de su ancestral egoísmo. Se hace, por tanto, necesario defenderlas, pues en su supervivencia nos jugamos algo más que un trapo, un sentimiento, una música o una institución, nos jugamos la viva esencia del sistema democrático.

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