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Opinión
Etiquetas:   Carta al director  

Salas de espera

Francisco Arias Solís
Redacción
martes, 2 de octubre de 2007, 16:27 h (CET)
“La vida es ciervo herido
que las flechas le dan alas.”


Góngora

Todo el mundo está preocupado por la salud y por los profesionales que nos la cuidan. Existe una especie de terror morboso ante la enfermedad y una desconfianza soterrada ante el personal sanitario, especialmente por parte de las personas sanas. En los enfermos, la cosa ya es distinta y suele ir desde la resignación a la esperanza, de la depresión a la desconfianza.

La gente espera, básicamente, de los profesionales de la salud, atención, interés, contacto humano, solidaridad, mucho más que milagros o magias.

Las salas de espera de las consultas privadas o públicas son un mundo apasionante. En una sociedad que convierte en valor de cambio todo lo que se relaciona con el cuerpo -la belleza, la apariencia, la salud- y que esconde la fealdad, los defectos, la enfermedad, descubrir obsesiones, las esperanzas, desilusiones, las resignaciones de los enfermos, es una lección permanente.

En las salas de espera se habla, sobre todo, de medicina y de médicos. Como si fueran coleccionistas, los pacientes de las salas de espera coleccionan síntomas, enfermedades, remedios facultativos. Todos ellos tienen una auténtica obsesión por explicar sus males y, sobre todo, por compartir sus experiencias. A veces, incluso hay que pensar que existen especialistas en salas de espera que ya no se visitan con el médico, sino que van a hacer tertulia con los demás pacientes. Y, además, al parecer también salen aliviados de sus dolencias.

Existe toda una patología de enfermos, capaz de ilustrar el sainete más costumbrista: encontramos, en primer lugar, al enfermo desconfiado que no cree en los médicos ni en la medicina pero que ¡ay! acude a ellos, por si acaso. En segundo lugar, encontramos al crédulo, que espera milagros y querría que el médico fuese el brujo de la tribu que le devolviera la salud por arte de magia. En tercer lugar, encontramos al experto, que es aquel enfermo que sabe más medicina que los médicos. Les descubre todos sus defectos y suele explicar sus fracasos más estrepitosos. Es un hábil diagnosticador, que le explica la enfermedad que usted tiene a la primera ojeada. Suele tener, además, conocimientos enciclopédicos de farmacología y no se priva de recetar medicamentos a los contertulios.

Para evitar estos comportamientos convendría, por un lado, desdramatizar los conceptos de salud y de enfermedad y, sobre todo, convendría redefinirlos.

Hasta el momento, la sociedad piensa que salud equivale a ausencia de enfermedad y que enfermedad quiere decir ausencia de salud. Conceptos como equilibrio, bienestar, calidad de vida se escapan demasiadas veces de las definiciones ortodoxas.

Mientras se nos respete la libertad de escoger, de estar informados y se nos trate como personas adultas y podamos impregnarnos de la solidaridad de los demás y hacia los demás y podamos sentir el gozo de establecer una relación positiva con la realidad que nos rodea, venceremos a la enfermedad para no sentirnos vencidos por el dolor. Y es que, como dijo el poeta: “Me duele el corazón y la cabeza / me duele todo el cuerpo dolorido; / pero el mayor de todos mis dolores / es el sentirme del dolor vencido”.

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