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España sigue diferente

Pascual Falces
Pascual Falces
lunes, 1 de octubre de 2007, 22:34 h (CET)
Seguir de cerca la actualidad política nacional no deja, al menos, de ser preocupante. No porque la gente esté alterada más allá de los malos augurios sobre el presupuesto familiar, con el descarado aumento del coste de la cesta de la compra y de la presión “in crescendo” de las hipotecas y coste de los compromisos crediticios. Preocupa, hasta la desestabilización, el maremagnum político acarreado por un gobierno cuya obsesión no es la gobernación del país, sino sostenerse en el poder.

El slogan de “Spain is different” se acuñó en los tiempos de promoción del turismo, allá por los sesenta del siglo pasado, y sí, era distinta de Europa en climatología, diversidad paisajística, y oferta hotelera capaz de atraer el turismo. Además, el sistema político era singular y detestable en un continente generalizado por las democracias establecidas al finalizar la Segunda guerra mundial, y por la implantación en media Europa del imperialismo soviético. Era diferente, en efecto, pero con una diferencia que favorecía el desarrollo de una clase media ajena a la ausencia de libertades. La gente no lo sabía, pero, los políticos sí.

Se reafirmó esa diferenciación con la salida de un régimen autocrático, con raíces en la Guerra Civil, hasta una democracia de consenso y que el país por completo aceptó como la mejor manera de transición. Otro régimen sin libertades, como el que mantenía unida a la ex Yugoeslavia del mariscal Tito, a su muerte no encontró ese pacífico camino, y se enzarzó en una serie de conflictos armados que todavía colean, y en que el nacimiento de nuevos estados demostró la férrea mano totalitaria que había mantenido artificialmente unidos a los pueblos asentados en los Balcanes.

Sobre esa “diferencia”, o a causa de ella, España resultó admirada por el resto del mundo, y los nuevos, y viejos, partidos políticos, demostraron estar a la altura del reto generacional ocasionado por la muerte del anterior jefe del estado. Incluso, ese “different”, llegó a ser denostado. España no era diferente, sino un país más en el concierto de las naciones desarrolladas, y se mantuvo a la altura de los compromisos internacionales que fue asumiendo para la general satisfacción y el orgullo de exhibir un pasaporte español.

Más, esa dirección se ha torcido, y España vuelve a ser diferente. Tanto, que está siendo el asombro del mundo. El guirigay lingüístico (no hay nada como hacer zapping por las televisiones autonómicas y comprobar que sólo las cadenas más generalistas, y las latinoamericanas, como p.e., la ecuatoriana, colombiana, mexicana y cubana, pueden ser comprendidas por aquel que sólo hable la lengua oficial del Estado Español). Catalanes, valencianos, vascos y gallegos resultan difíciles de entender desde la “incultura” de sólo conocer el español, aunque las pretensiones sean ya de ser nuevas naciones.

En el ánimo de todos está la controversia acerca de si “borbones” si o no, de desajustes presupuestarios en que unas tierras se benefician más que otras del presupuesto general. Los soldados españoles mueren a arriesgadas misiones de paz, como si fueran misioneros ametrallados por salvajes terroristas. Y, un largo etcétera que cada ciudadano puede añadir de su propia cosecha. La economía, por el momento, no es diferente, sino que sigue proporcionando suficiente atractivo para que seis millones de nuevos españoles, procedentes de la inmigración, ocupen un digno lugar en el mundo desarrollado. ¿Dónde está el tope en la “batalla” electoral para que el gobierno deje de incrementar la diferencia con el resto del mundo civilizado?

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