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Etiquetas:   Reales de vellón   -   Sección:   Opinión

Pobres de los que no sepan negociar

Sergio Brosa
Sergio Brosa
lunes, 1 de octubre de 2007, 22:34 h (CET)
Es claro que la crisis económica va entrando en Europa –España incluida– con la decisión del mismo otoño. Los diarios y la prensa especializada ahondan en las razones y circunstancias que se están viviendo ya en nuestro país, aunque los políticos, en plena campaña electoral, digan lo que sea que se les venga a la boca decir. Ni a unos ni a otros puede uno dar crédito. No puede ser que los presupuestos del Estado para 2008 sean tan buenos o tan malos, según de dónde venga el comentario. Alguien no dice verdad. En cualquiera de los casos, los comentarios a los presupuestos han de ser a partidas específicas cuantificadas, pues los comentarios genéricos carecen de significado.

Tampoco predeciré que el milagro económico español esté tocando a su fin, pero que la cosa no va bien es claro. Y no ha aparecido de la noche a la mañana, francamente; se ve venir.

Del descenso en el consumo ya tratamos en esta sección el 16/IV/2007. De la burbuja inmobiliaria y lo que se avecinaba el 30/IV/2007. De las hipotecas subprime que todos saben ya de lo que se trata, el 7/V/2007 y del pernicioso endeudamiento familiar, el 21/V/2007. No ha de cogernos por sorpresa.

Así que vamos a ser positivos. ¿Qué deben ahora hacer los afectados con las hipotecas que es la losa mayor? Renegociarlas, es claro. ¿Cómo? Pues al mejor saber y entender de cada uno. Pero pobres de los que no sepan negociar. En cualquier caso, no todo es malo en este desconcierto inmobiliario, aunque pueda ir a peor.

Comentaba Michelle Singletary a final de la semana pasada en el Washington Post que la situación en USA, está muy deteriorada, sobre todo en el sector de la vivienda unifamiliar –que podría hacerse aquí extensiva a las casas pareadas y pisos por encima del estándar– pues en las hipotecas subprime, los prestatarios estuvieron mal aconsejados, por lo que aquellos créditos hipotecarios devinieron en préstamos incobrables. Gestores avaros, prestamistas inmorales y empleados de financieras con pocos escrúpulos, explotaron el deseo de aspirantes a propietario, para colocarles operaciones de crédito por encima de su capacidad de endeudamiento. El tiempo ha puesto luego a cada uno en su sitio, como suele suceder.

Pero el mercado, si bien se ha ralentizado, la abundancia de alternativas permitirá a los futuros compradores encontrar precios más bajos y negociar en mejores condiciones. Dice Singletary que es más probable que la gente necesite un asesor externo con la información interna; alguien ajeno al sector pero bien documentado.

En este sentido, David Reed ha escrito un libro titulado “Hipoteca Confidencial: Lo que debe usted saber que su prestamista no le quiere decir”. Ahí explica que hizo una encuesta sobre nuevos propietarios de viviendas con hipoteca, a cerca del tipo de préstamo que habían firmado. El 34% de los encuestados desconocía la clase de operación por la que se había obligado. Cuenta Reed en su libro que los financieros de este negocio, cierran del orden de 80 operaciones hipotecarias al año y el prestatario hace en toda su vida una, dos o tres a lo sumo, operaciones hipotecarias para una vivienda. Así que el que está de aquel lado del mostrador, el lado del dinero, sabe mucho más de créditos hipotecarios que cualquiera de los que van a adquirir su vivienda, por término general. Sabe todas las preguntas y todas las respuestas que han de convencer al aspirante a propietario a alejar sus miedos, inherentes a la toma de una decisión de semejante envergadura. Pues suele ser la mayor transacción económica en la vida de la mayoría de las personas corrientes.

Digamos que la figura del “prestamista” USA viene en España representado, en cuanto a la labor de convencimiento de la adquisición de la vivienda, por el promotor inmobiliario, en la figura de su vendedor. Él es sin duda quien la vende y quien convence a los adquirentes de las ventajas financieras de todo orden que la adquisición del inmueble lleva emparejadas. Enseguida sale la palabra inversión que tergiversa por ahorro. Comprar una vivienda es ahorrar; y además, como se están moviendo los precios, es una inversión, dicen los interesados en que otro compre.

Pero ahorrar es dejar de gastar en lo superfluo o que no sea de primera necesidad y acumular ese excedente de dinero para aplicarlo en el futuro a lo que uno decida.

Invertir es tomar una posición compradora en algo o inmovilizar un dinero que en el futuro ha de proporcionar, al desinvertir, una ganancia.

¿Es ahorrar pagar todos los meses la hipoteca de la casa sintiéndose asfixiado por no lograr más que a duras penas y pasando privaciones reunir el importe del recibo?

¿Es invertir sentir constantemente la necesidad del dinero inmovilizado para obtener esa ganancia futura?

¿Y esa supuesta ganancia futura, en el caso de la vivienda, es el disfrute de la misma sin el agobio de los pagos o su reventa?

Todas estas circunstancias revierten en el resto de los sectores económicos. Si a penas se llega para pagar la vivienda, cómo va uno a pensar en el consumo.

Se desacelera la edificación y se relanza la obra pública, por aquello de la falta de infraestructuras, que no compensará en absoluto el efecto multiplicador de aquella, pues en la construcción de carreteras, autovías, puertos o aeropuertos, no entran los oficios a participar de ellas en la misma proporción que en la edificación de viviendas; ni mucho menos.

Hay que afrontar con entereza la recesión que está viniendo y prepararse de forma eficiente para superar el valle hacia el que nos dirigimos. Parece que llevamos mucho tiempo en la cumbre y va siendo hora de emprender el regreso. Despeñarnos por el barranco o andar con cuidado por el sendero de bajada es sólo cosa de cada uno.

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