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La cultivada España o la España cultivada

Víctor Corcoba
Víctor Corcoba
lunes, 1 de octubre de 2007, 22:34 h (CET)
Decía el novelista y político francés André Malraux, en el siglo pasado, que la cultura es lo que, en la muerte, continúa siendo la vida. Una existencia vital que, por cierto, necesitamos vivirla humanamente y beberla sorbo a sorbo en sociedad para que el árbol humano no se seque. Todo esto lo único que hace es subrayarnos la necesidad de avivar el culto a la cultura, sin obviar lo que hemos sido, puesto que contribuirá a renovar nuestras habitaciones interiores, aquellas que conforman las culturas, la comprensión del hombre y de la mujer, de la familia y de la educación, de la escuela y de la universidad, de la libertad y de la verdad, del trabajo y del descanso, de la economía y de la sociedad, de las ciencias y de las artes. Se trata, pues, no sólo de injertar la cultivada España en las culturas actuales que aspiran a una España cultivada, sino también de devolver generosamente las ganas de vivir, los deseos por crecer hacia adentro, a un territorio y a unas gentes desorientadas, que se avergüenzan hasta de sus raíces cristianas. Ya me dirán cómo se sostiene un árbol sin raíces. Sin duda, juega un vital papel, la toma de conciencia de la dimensión cultural, inherente a toda existencia humana, ya que es indispensable para que espiguen diálogos respetuosos, fruto de una conciencia ética y de un sentido cívico.

Creo que el futuro del ser humano va a depender muy mucho de la semilla cultural, de sus hábitos y prácticas culturales, de sus modos y maneras de cultivar la cultura. En este sentido, a tenor de las últimas encuestas realizadas sobre este tema en España por parte de las administraciones con etiqueta cultural, todo parece indicarnos que los ámbitos culturales de mayor interés para la población española, radican en la música, sorprendentemente en la lectura y el cine. Nos alegra, además, que sean los jóvenes los que manifiestan una participación cultural más alta, prácticamente en todas las esferas culturales.

En efecto, desde siempre las diversas culturas y máxime la cristiana, han expresado el gozo por la vida, su acción de gracias y su alabanza con músicas, cánticos e himnos. La raíces bíblicas, por ejemplo, mediante las palabras del salmista, exhorta a los peregrinos llegados a Jerusalén a cruzar las puertas del templo alabando al Señor “tocando trompetas, con arpas y cítaras, con tambores y danzas, con trompas y flautas, con platillos sonoros”. Precisamente, aquí en España, el mayor corpus musical es el dejado por los monjes de los monasterios, catedrales, colegiatas. Festivales como el de Música Contemporánea de Alicante, que muestra y promueve la creación musical contemporánea; la semana de música religiosa de Cuenca, con una marcada personalidad de buen gusto como consecuencia de su alta especialización musical y la enorme riqueza patrimonial que la envuelve; el festival internacional de música y danza de Granada, siempre sorprendente en un marco incomparable; El Festival Internacional de Santander que nació de la necesidad de dar una oferta cultural a los estudiantes extranjeros…; y tantos otros festivales repartidos por toda la geografía nacional, nos acercan a ese universo invisible de los sonidos en su estado más armónico. Aparte de que la vida, sin notas musicales, sería un fastidio; resulta que cultivarla es una buena manera de llegar directamente al corazón de las gentes. Nos alegra, en consecuencia, que las raíces melódicas, lejos de secarse entre los españoles, tomen vida en lo que es la vida diaria.

Sobre la lectura, también nuestras raíces cristianas recomiendan acompañar las oraciones con la lectura de la Sagrada Escritura para que se entable diálogo entre Dios y el hombre; porque “a Él hablamos cuando oramos, y a Él oímos cuando leemos las palabras divinas”. Ojalá seamos personas leídas de la cultivada España, para que la España cultivada, se acreciente y no quepan exclusiones. Desde luego, la lectura –como apunta el actual plan estatal- es una herramienta fundamental en el desarrollo de la personalidad, pero también lo es de socialización como elemento esencial para convivir en democracia y desenvolverse en la sociedad de la información. El ejercicio de la lectura, en suma, es tan saludable como el ejercicio físico para el cuerpo, dialogamos con el tiempo, con todas las edades y todos los espacios, convivimos con las ideas y vivimos con la reflexión. La clave nos la dejó santa Teresa: “Lee y conducirás, no leas y serás conducido”.

Por lo que se refiere al cine, también facilita la capacidad de promover el cultivo del crecimiento personal, cuando los ingredientes del guión llevan al hombre a la elevación estética. Soñar es la tarea ornamentalmente cinéfila más deseada. Así, el arte cinematográfico cuando lo es en verdad, se convierte en una semilla ejemplarizadora, lo que hace crecer aquello que él mismo cultiva a través de las diversas escenas, el respeto a los valores que enriquecen el espíritu humano. Por ello, es otro signo saludable para el cultivo cultural que el Instituto de la Cinematografía y de las Artes Audiovisuales, así como otras instituciones, trabajen duro por fomentar, promocionar y ordenar las actividades cinematográficas y audiovisuales españolas en sus variados aspectos de producción, distribución y exhibición; de recuperar, restaurar, conservar, investigar y difundir el patrimonio cinematográfico.

Que la juventud apueste por la cultura es también una buena noticia. Lo es, porque el futuro les pertenece y es el momento de cultivar la sabiduría. Sería torpe no reconocer que existen cultivos actuales que son verdadera plaga de desequilibrios humanos, que militan con fuerza descubrimientos científicos no plenamente controlados, que imperan actitudes que nos recuerdan barbaries pasadas. Hace falta una cultura que imprima valor a la aventura humana, que nos haga valer el espíritu humano sobre todo lo demás. Ni las adicciones, ni volver a la selva, pueden llenarnos el vacío de cultura estética que sufrimos. La cultivada España para unos o la España cultivada para otros, en conclusión, ha de coincidir en que sólo la fascinación por la belleza, nos hará ver una existencia hermosa y digna de ser vivida. La locura de la cruz, de la que habla san Pablo (cf. 1 Col 1, 18), es una sabiduría y una fuerza que superan todos las barreras culturales, puesto que puede enseñarse a todas las naciones y a todas las culturas.

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