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Etiquetas:   MONOGRÁFICO   -   Sección:  

Gustav Klimt

Verónica Fabregat Sebastiá
Redacción
domingo, 30 de septiembre de 2007, 23:38 h (CET)


Hablar de Gustav Klimt es hablar del ocaso del imperio de los Habsburgo, de Sissi bailando el vals en la resplandeciente Viena, capital de un mundo que declina o de un Freud que comienza analizar sin tapujos la sociedad que le rodea.
Klimt nace en 1862 en Baumgarten, un suburbio de Viena, el segundo de siete hermanos en una familia humilde de artesanos. Pronto los tres hijos varones revelan dotes artísticas, ganando becas para estudiar en la Escuela de Artes Aplicadas.

Tras estudiar en la Escuela Klimt consigue una beca para el departamento de pintura, donde perfecciona esta disciplina. Con solo 21 años, y junto a su hermano Ernst y Franz Matsch, funda la Künstlercompagnie, la Compañía de los Artistas, con la que pretenden integrarse en el ambiente artístico de la ciudad aceptando encargos fuera y dentro de Viena.

La Viena en la que Klimt se forma como artista es una ciudad cosmopolita y tolerante que, como capital, recoge a una heterogénea población procedente de todo el imperio Habsbúrguico. Sin embargo algo empieza a agitar los cimientos de ese imperio, y en la segunda mitad del siglo XIX esa crisis tiene ya todos los elementos que la conducirán a Austria a la Primera Guerra Mundial.

En los encargos que Klimt lleva a cabo en los años 80 no se alejan de modelos de pintura naturalista e histórica. Los más destacables sin duda la decoración del Nuevo Burgtheater y de una parte del interior del Kunsthistorisches Museum. Sin embargo, comienza una búsqueda propia en obras menores en las que ya se intuye un estilo autónomo.

En el año 1892 mueren con pocos meses de diferencia su hermano Ernst y su padre. El pintor deshace la Compañía de los Artistas y atraviesa por un periodo de profunda crisis personal y artística. La ausencia de encargos deja paso a una sensible etapa alegórica en la que emergen con fuerza sus elementos ornamentales y simbolistas.

1897 es un año muy importante para Klimt, pues nace la Asociación Austríaca de Artistas Figurativos, universalmente conocida como Secesión, de la que Klimt es nombrado presidente. En los años siguientes sus obras causarán malestar y darán que hablar a muchos por su carácter figurativo, sensual y provocador.

En 1903 y tras un viaje a Italia, concretamente a Venecia y Ravena, el pintor queda impresionado con los mosaicos raveneses y decide comenzar a utilizar el oro en sus obras, algo que marcará profundamente su producción futura, y definitivamente su estilo. En los años siguientes Klimt afina este estilo basado en la abstracción formal, pinta Danae y algunos de sus retratos más famosos, como Adele Bloch Bauer I. De esta época es también su cuadro más conocido, El beso.

Las Reseñas de arte secesionistas que tuvieron lugar en 1908 y 1909 fueron momentos clave para comprender las nuevas orientaciones. Renovaron los ideales secesionistas, pero también acogieron nuevas contribuciones cono Oskar Kooschka o Egon Schiele, a quien Klimt tomó bajo su protección.

A partir de 1911 Klimt entra en una fase de crisis creativa que no le impedirá recibir una serie de importantes reconocimientos internacionales. Mientras el mundo a su alrededor se desmorona, Klimt parece inmerso en su mundo onírico de belleza, ajeno a la tragedia de la guerra y al fin del período de los Habsburgo. Sin embargo, no llegará a vivir la disgregación del Imperio, ya que el 6 de febrero de 1918 muere por una crisis de apoplejía. La familia rechaza una tumba de honor y es enterrado en una sepultura discreta indicada con una simple lápida con su nombre en el cementerio de Hietzing.

Los relatos de la gente que le rodeó nos ayudan a conocer a un hombre de actitud esquiva, poco dado a abandonarse realmente a la vida. Tímido y taciturno, no participa de la costumbre vienesa de los cafés de artistas. Disciplinado en su trabajo, sus jornadas son metódicas y organizadas. Huyó siempre del matrimonio, pero se le atribuyeron numerosas relaciones sentimentales de las que se le conocen catorce hijos ilegítimos.

Vivió inmerso en la seguridad de su taller de pintura, ignorando incluso el contexto político que le rodeaba en los últimos años de su vida, dibujando recuerdos de antiguas civilizaciones, alegorías místicas y apasionadas iridiscencias, en una Viena aún imperial, pero decadente y melancólica.

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