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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Sobre la decadencia del diálogo

Mario López Sellés (Madrid)
Mario López
lunes, 1 de octubre de 2007, 17:52 h (CET)
Desde toda la vida, pero especialmente en los últimos tiempos, vengo observando en nuestros políticos, tertulianos y demás relumbrones que se supone representan el friso de la intelectualidad nacional, una indomable querencia al monólogo. Se podría afirmar, sin demasiado riesgo a equivocarnos, que dos políticos españoles juntos rubrican dos monólogos, cuatro tertulianos, cuatro monólogos y así. No es de extrañar, por tanto, que haya cundido de forma tan notoria entre nuestros paisanos, la afición al monólogo. El español ya lo que quiere es alguien que le cuente un chiste o le suelte un monólogo de risas, que para entrar en honduras tenemos el fútbol. Debe ser por esto que ya no hay cadena de televisión ni local público que se precie que no cuente con un elenco de cómicos monologantes que nos bombardeen sin piedad con las ocurrencias más peregrinas.

La cosa es que yo soy más bien dialogante. Me gusta escuchar y contestar las preguntas que se me hacen, intentando ceñirme a su contenido y no salirme por peteneras. Quizá es por esta razón que cuando asisto a un monólogo en un garito pequeño, no mucho más grande que el salón de mi casa, pues me gusta dar réplica al monologuista de turno y no dejar sin respuesta pregunta alguna que el histrión pudiera lanzar al aire. Bueno, esta natural inclinación mía al diálogo me ha supuesto ser declarado, a iniciativa de los cómicos monologantes que por ahí se dejan caer, persona non grata en el garito en el que he santificado mis escasos ocios durante los últimos cinco años. Así que me he quedado sin solaz y –dicho sea de paso- el garito sin la mitad de mi sueldo. Ni que decir tiene que mi estima por los miembros de este gremio se ha venido abajo. Vivimos en un país en donde el diálogo está mal visto. Pues no sé yo cómo querrán arreglar nuestros próceres los muchos desencuentros que en la actualidad nos tienen tensos y acerados como cuerdas de piano.

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