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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

La cobardía de los españoles

Mario López Sellés (Madrid)
Mario López
lunes, 1 de octubre de 2007, 17:52 h (CET)
España es un país de cobardes y problemas como la organización territorial o la violencia en el País Vasco no lo pueden resolver los cobardes. Hay que tener clarísimo que lo que no es soberanía compartida es sometimiento, imposición dictatorial de una mayoría retórica sobre una minoría entrañable. El institucionalismo al que se hallan atados tertulianos y políticos de izquierdas y derechas es la enfermedad cuadrada o círculo vicioso en el que estamos inmersos secularmente los españoles y no nos hace avanzar en ninguna dirección ni sentido. La Constitución del 78 se votó con miedo y por miedo se defiende hoy en día, trenita años después de su aprobación, que ya es decir. El constitucionalismo es una perla si se riega con el valor, le criterio y la libertad, si no es equiparable al Movimiento Nacional que propugnaba –y nos impuso durante casi cuarenta años- don Francisco Franco Bahamonde. La consulta que quiere hacer Ibarretxe al pueblo vasco es lícita, pero ilegal. Lo primero que tenemos que hacer los españoles antes de criticar al lehendakari es preguntarnos unas cuantas cosas.

Primero: ¿todos y cada uno de nosotros sabíamos cuando votamos afirmativamente la Constitución que la soberanía residía en los españoles y no en los vascos, catalanes, extremeños, vascos, etc ¿Sabríamos hoy en día diferenciar una cosa de la otra?

Segundo: ¿conocíamos todos y cada uno de nosotros el texto, espíritu y desarrollo de los supuestos legales que establecerían las relaciones entre las diferentes comunidades con el Estado Central?

Tercero: ¿éramos todos y cada uno de los españoles conocedores de los diferentes agravios, vejaciones y violencias varias a las que el Estado central sometió durante años a cada uno de los pueblos que habitan la península ibérica?

No. No lo sabíamos o nos importó un comino. Lo único que nos llevó a votar la Constitución –absolutamente a ciegas- fue el deseo imperioso de pasar página a nuestra historia reciente y ponernos a tono con Picadilly Circus.

Todos y cada uno de los españoles tenemos el derecho –aunque no nos atrevamos a defenderlo- a meditar serenamente en el tipo de sociedad que estamos creando y qué país o conjunto de países queremos llegar a ser, en libertad y sin que nadie nos esgrima la Constitución en la cara como si del catecismo del padre Ripalda se tratara.

Es hora de plantearnos urgentemente los asuntos que, por miedo, dejamos aplazados sine die hace treinta años. Prefiero que un cobarde me mate por la espalda a vivir junto a él con su miedo.

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