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Etiquetas:   La parte por el todo   -   Sección:   Opinión

Cambiar para que nada cambie

Óscar Arce Ruiz
Óscar Arce
domingo, 30 de septiembre de 2007, 08:56 h (CET)
Cuando uno se expone a una situación de interacción social es prácticamente imposible no toparse con alguno de los actores que la sostienen.

En el momento en que alguien decide presentarse a un acontecimiento -por muy elemental que éste pueda parecer-, se encuentra rodeado por un campo de actuación que puede ser atravesado por el campo de actuación de los demás.

De la confrontación de esos campos, en el área común que resulta de sus relativas puestas en escena, constantemente nacen y se destruyen estructuras sociales, algunas provocadas por miradas, sonrisas o locuciones pactadas de demanda o cortesía.

Siempre que una persona se presenta ante el público, los habitantes de la vida cotidiana intentan recabar información nueva sobre el protagonista, o blandir la que ya poseen para enfrentarse socialmente a él. Como dice el sociólogo estadounidense Ervin Goffman, esta información puede ser tanto un fin en sí mismo como un paso previo para acceder a nuevos niveles de conocimiento e influencia sobre el objeto de la investigación.

Podemos definir al ser humano como un ser esencialmente cambiante. Su esencia es el cambio y la acción. Tanto en su vertiente biológica -el cambio del ser vivo se sitúa frente al inmovilismo de los materiales inertes- como en sus vertientes psicológica y social -en las que su voluntad transformadora le aleja de las cosas reales empeñadas en seguir siempre idénticas a sí mismas-.

El ser humano vive de las posibilidades nacientes de su libertad de acción. En el momento en que la posibilidad cristaliza en un producto de su acción (he aquí la diferencia aristotélica entre ‘praxis’ y ‘poiesis’), ese producto deja de ser posible. Se vuelve, cómo no, necesario o real.

El ser humano genérico es un ser cambiante, pero un ser humano concreto necesita de los productos de sus actos para definirse en su individualidad ante los demás.

Los frutos emergentes de su acción humana, de su voluntad de querer transformar la realidad para hacerla encajar en su previsión del futuro, le encorsetan en una inactividad que solamente tiene sentido para quienes no son él. Para ellos, el individuo es una ‘cosa’ viva y pensante, que se define por lo que ha hecho y no por lo que puede hacer.

Es ese conocimiento superficial por el que recordamos a quienes nos rodean, pues solamente sus características estables nos devuelven recuerdos individualizables y duraderos. El producto de los actos permanece y se adhiere a la realidad invariable. Es parte fundamental de las relaciones sociales porque es lo que aportamos a la realidad y lo que la realidad sabe de nosotros.

Aun así, la necesidad no es más importante que la posibilidad, ni ésta lo es más que aquélla. Como en tantas cuestiones estudiadas, su separación no es más que una cuestión de método y no es preciso, ni siquiera posible, decidir entre una u otra.

El quid de la cuestión es hallar el equilibrio entre los productos reales que nos subyugan y los horizontes posibles que nos volatilizan.

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