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Tags: Opinión · Cesta de Dulcinea · Nieves Fernández
El silencio de Europa


Nieves Fernández


Nieves Fernández Nieves Fernández
domingo, 30 de septiembre de 2007, 11:10
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Damos voces, muchas voces. Los españoles hablamos a voces, no hay duda. Somos ruidosos para hablar y para reír, para protestar y para ser efusivos. Somos escandalosos para reñir a los niños, para tratar a los mayores, para convivir con nuestras mascotas, para ir al mercadillo, entre otras cosas porque los que venden en el mercadillo también vocean como nosotros porque la mayoría de ellos son igualmente españoles.

Hablamos en voz alta por naturaleza igual lo hacemos para reñir que para discutir, para celebrar lo bueno o para lamentar una desgracia, para llorar o para desternillarnos de risa.

Levantamos la voz en la calle, en la escuela, en los restaurantes, hasta en las iglesias ponemos micrófonos y algunos levantamos la voz para demostrar que rezamos y cantamos miserere mejor y más alto que los compañeros de asiento, esos que parece que no se saben las oraciones tan bien como nosotros, quizá debido a que son menos cristianos por rezar a la chita callando, como si Dios de verdad se hiciera allí, en sus templos, algo sordo para los que meditan y rezan con fuerza interiormente íntima.

Que los españoles damos voces lo saben hasta en la China pues hasta a la China pueden llegar nuestras conversaciones en bares y esquinas. Será por eso que cada vez hay más ciudadanos chinos que acuden a nuestra llamada.

Pero de verdad, de verdad, no somos conscientes ni sabemos las escandaleras que montamos hasta que atravesamos alguna frontera europea, de esas que nos aseguran que no existen ya y que con sólo el DNI las atravesamos, para darnos cuenta de que somos exageradamente escandalosos y dicharacheros.

Hace unas semanas estaba en una de las Plazas más grandes y hermosas de Europa, la Grand Place de Bruselas, para quienes la conozcan dirán que qué suerte la mía, y es verdad. Pues, cómo es posible que una plaza tan grande y con tanta gente estuviera tan silenciosa, tan de cuento de hadas, tan irrealmente silenciosa que no te daba la sensación de estar allí con los pies en el suelo rodeada de cientos de personas. Al poco tiempo de estar allí se escuchó una gran algarabía, un grupo de turistas se hacía fotos en todas las poses, se acabó la gloria del silencio, del silencio de Europa, por supuesto pudimos comprobar que el grupo de turistas eran españoles.

Para ir a cenar a los restaurantes hay que tener en cuenta que son comedores minis donde a poco que te descuides una de tus chips puede saltar al plato de un belga de bigote y nada que objetar contra los belgas de bigote pero claro no es lo mismo que si la misma chips cae con toda cordialidad en uno de nuestros chiringuitos de playa por poner un caso dispar. Allí, mientras comes debes medir tus palabras y bajarlas de tono en la medida de lo posible, si no quieres que tus hijos adolescentes te miren con mala cara, pero de pronto se escucha un bullicio de mesas y sillas, los recién llegados se colocan las mesas a su libre albedrío, chocan las sillas, colocan al abuelo, avisan a la niña hasta que todos quedan instalados, el resto de los comensales les observan, sin embargo ellos no se dan cuenta de que son observados, o sí, pero no les importa, pues muy silenciosamente he de decir que también eran españoles.

En esto de los belios y los decibelios 30 son un susurro y 60 una conversación y la mayoría de los europeos yo creo que se comunican por susurros, susurros que yo creo que no por mi oído, sino por costumbre jamás alcanzaría a descifrar. En esto de los tonos bajos o elevados no voy a exagerar, pero a mí me parece que a los españoles nos educan y nos educamos para hablar con los decibelios generados no ya por un reactor sino por los 120 decibelios de un concierto de rock. Si hasta las teles españolas hacen lo propio cuando entre programas nos gritan los anuncios.

Si nadie lo remedia en esta silenciosa Europa, vamos a cargar con el sobrenombre de España, el ruido de Europa.

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