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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

Las leyes no se deben cumplir si no convencen ¡Ahí va esa!

Miguel Massanet
Miguel Massanet
domingo, 30 de septiembre de 2007, 09:10 h (CET)
Esta raza especial tan prolífica y, a la vez, tan enrevesadamente misteriosa e imprevisible como es la de los políticos, nos tiene a todos confundidos, por no decir atónitos, con su comportamiento disparatado e incongruente como si fueran los personajes del cuento Alicia en el País de las Maravillas, del escritor británico Charles Ludwitch ( Lewis Carroll). La caricatura que se hace, en la obra citada, de la lógica, cuando los protagonistas actúan disparatadamente sin orden ni concierto, cometiendo verdaderos atentados contra lo que constuiría un comportamiento normal, equilibrado o racional; puede aplicarse, sin temor a exagerar, a estos remedos en los que se convierten los ciudadanos corrientes cuando, en virtud de lo dispuesto por las urnas, ocupan sus estrados de diputados en el santa santorum de la representación popular, que es nuestro Parlamento.No sé que especial metamorfosis se produce en ellos ni que raros mecanismos les trastornan la mente que les obligan a actúar como si, en determinados momentos, fueran incapaces de oír lo que se les pregunta o de contestar algo que tenga una mínima relación con las cuestiones que se les plantean. Este bloqueo cerebral, este disloque de facultades les induce, por lo visto, a las más pintorescas reacciones. Veamos, por ejemplo, lo que le ocurrió en la última sesión parlamentaria de control al Gobierno, cuando el señor Aceves del PP anunció que su formación estaba dispuesta a denunciar a todos los ayuntamientos de España en los cuales no ondeara la bandera española en los edificios oficiales. A la pregunta que dicho diputado dirigió a la Vicepresidenta del Gobierno, sobre cuál sería la actitud de los socialistas respecto a esta iniciativa y si estaban dispuestos a hacer que en los ayuntamientos socialistas se respetara la resolución del Supremo, que ratificaba la obligación de colgar la bandera de España en los edificios públicos; la señora de la Vega sufrió un repentino trastorno mental y, en lugar de contestar a lo que se le preguntaba, se salió de juicio arremetiendo contra su adversario político acusándole de todo lo imaginable, entre otras cosas de estar obsesionados con los separatismos, añadiendo que: “las leyes no están para imponerlas sino para que convenzan”. Curiosa manera de salirse por la tangente sin comprometerse en hacer nada.

Pero la perla de la señora Fernández De la Vega me ha hecho recordar aquellas inefables imágenes de las milicianas vestidas con sus monos azules o caquis, con los correajes puestos, las cartucheras, el gorro militar tirado hacia atrás y sosteniendo los viejos mausers en actitudes amenazantes, mientras sonreían sardónicamente sabiendo que las únicas batallas a las que iban a concurrir eran las de asesinar a indefensos sacerdotes, o ciudadanos de derechas “facciosos”, o a algún cristiano despistado al que pudieran echar el guante. Entonces tampoco se imponían las leyes, ni se respetaban ni tan siquiera se preocupaban de que “convencieran” a aquellos a los que, sin juicio, ¿para qué, si ya estaban condenados de antemano?, iban a masacrar. En realidad, sus batallas más incruentas las libraban debajo de algún miliciano al que otorgaban sus favores y, de paso, le dejaban algún regalo en forma de blenorrea o sífilis. Si, señores, me imaginaba a la escuálida Vicepresidenta, con semejante atuendo, arengando al personal para que no cumplieran las leyes y se lanzaran al campo en busca de sus enemigos los ciudadanos respetuosos con la normativa vigente, la Constitución, la unidad de España y la religión católica.

¿Qué esperanza puede quedar de que el Estado de Derecho se mantenga en nuestra patria si, la misma Vicepresidenta del Gobierno – juez por añadidura – da el ejemplo a la ciudadanía, con su declaración, de que las leyes no se pueden imponer? ¡Ah! Ya entiendo, al parecer, para este Gobierno, se puede infringir la Constitución en el tema de las banderas; ignorar los artículos sobre la monarquía ( Carot ya pide que se “destituya” al Rey como jefe supremo del Ejército) y los que imponen la unidad de España. Vayan ustedes a saber a cuantas otras partes de la misma piensan vulnerar. Pero vean, a mí se me ocurre que, visto que a mí no me convencen las normas fiscales que nos están sangrando a los contribuyentes para que, luego, los que nos gobiernan distribuyan nuestros dineros entre los progres; los separatistas catalanes y vascos; las autonomías ricas y privilegiadas; los amigos y paniaguados del PSOE; la Alianza de Civilizaciones y las guerras de Afganistán y el Líbano; creo que voy a dejar de pagar mis impuestos porque, de verdad se lo digo, ¡no me convencen nada! Entendámonos, si la señora Fernández de la Vega no miente; si reconoce en público, ante toda la camara legislativa, que las leyes no se pueden imponer, sino que han de convencer; no me queda más remedio que colegir que tengo libertad, como la tienen todos los españoles, de oponerme a las que no me convenzan empezando por la Ley Electoral; el Estatut; los Presupuestos Generales del Estado; la Ley Penal y la de Procedimiento penal; las leyes Tributarias y aquellas que protegen a los miembros del Parlamento de ser juzgados sin el premio permiso de la Cámara.

Quiero, porque no me convencen, que se destituya al señor Conde Pumpido y al magistrado Bacigalupo del Supremo y que se envíe a su casa a la señora Casas del TC; tampoco me convence que en Catalunya gobierne el Tripartiti y que obligue a todo quisque a hablar en catalán ni que sancione a los que rotulan en castellano ni soporto a los que negocian con los terroristas,; no aguanto a ministros como la Elena Salgado o la señora Cabrera y, menos, a las lanzadas e ineptas Carme Chacón y Magdalena Álvarez ni… por qué continuar si necesitaria el listín telefónico para enumerar con todo lo que no estoy conforme. ¡Pero, ahora caigo! Resulta que, en lo que yo no estoy de acuerdo es lo mismo que nuestra Constitución condena; son las mismas leyes que se están saltando el Gobierno y los separatistas; las que la señora Fernández de la Vega dice que no se pueden imponer. ¡Acabáramos! No estoy loco, lo que me ocurre es que soy la rara avis que continua creyendo en los valores espirituales; en una España indivisa; en la eficacia de las leyes; en el orden, la ética y la religión, como opción individual de las personas; en la enseñanza libre y sin intervención estatal; en la necedad de una Ley apócrifa y sectaria de Enseñanza para la Ciudadanía – a propósito, ¿qué pensará el señor Fernández Bermejo, el del dedo acusador y amenzante para quienes no cumplan con la EpC, sobre las recomendaciones de la Vice de la Vogue?– y en la libertad de los ciudadanos para escoger sus opciones, conservar sus ideas y enfocar su futuro. Todo lo demás, diga lo que diga la de la Vogue, no es más que comunismo puro y duro, y yo, qué quieren que les diga, paso de él.

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