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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

La cultura de la resignación que promueve EpC

Roberto Esteban Duque
Redacción
viernes, 28 de septiembre de 2007, 13:28 h (CET)
Se ha incoado a impartir por imperativo legal progresista la asignatura de Educación para la Ciudadanía (EpC). Hay que seguir lo que la ley ordene, como si la verdad de las cosas consistiera en el reconocimiento de su legalidad, arrumbando la libertad de conciencia, porque el saber moral, ay, es cosa ya de doctos laicos, diletantes del laicismo, administradores justos de cuanto necesitamos para el crecimiento en la virtud y la excelencia. Es curioso el cinismo de quienes afirman que “no se debe permitir que la moral religiosa se imponga a los demócratas”. ¿Quién es el impostor?

Ellos, los Victorino, Cifuentes y Peces-Barba, con la prisa de los vanidosos y concupiscentes, nos llevan a ponernos de rodillas delante de nada, a nosotros, los católicos, creadores de mitos y de los odios y divisiones entre los hombres. Han convertido una asignatura en la gran máquina mediocre de educar a los hijos de la incertidumbre. Y lo que es peor, lo han hecho desde la implantación totalitaria, que parece ser un bien garantizado por la “Norma Fundamental” y el marco sagrado de la laicidad en que deviene la multiculturalidad. Se vanaglorian de invocar el dogma de la Constitución y los Derechos Humanos, para enviar, acto seguido, a la sacristía a la Iglesia católica. Creen ser más productivos para la sociedad cuanto menos religioso y moral sea el hombre. No buscan la verdad ni la proponen, existe un desinterés por la verdad, que es el principio básico de la cultura de la Ilustración; ni siquiera reducen el bien a la cultura y la religiosidad al respeto - como proponía Ortega -, sino que prometen una cultura floreciente con la imposición ideológica de criterios partidistas.

Monseñor Amigo se muestra mesurado en las formas y complaciente en el fondo. Son los matices en que se empeñan los obispos a la hora de disentir sobre la imposición de EpC. Dice el arzobispo de Sevilla que habría sido necesario el consenso en el programa de la asignatura de un par de capítulos con los padres. ¿Y por qué no de todos, si se trata de una asignatura obligatoria de notorio calado político y sectario, si lo que está en juego es la creación de una materia curricular dispuesta para una nueva antropología? Además, la objeción de conciencia no es sólo algo “individual”, como afirma Amigo, sino algo interior que insta y ordena, que lleva a intervenir; no sólo algo subjetivo. Es evidente que no puede obligarse a nadie a objetar (la conciencia dice, no decide la acción), pero la misma objeción es ya el germen de una decisión práctica. Objetar no es acallar la conciencia ni mirar para otro lado, sino la irrupción de una voz que remite a una verdad anterior, cuyos ecos no pueden ser coaccionados ni reprimidos porque sería el mayor atentado contra la dignidad del hombre.

La coyuntura educativa parece congratularse en una cultura fundada en el fracaso y la resignación, en la ilusión de estar divertidos sin mayor esperanza que lo dado por la misma comunidad politica. Introducir por decreto una asignatura como EpC es la expresión de una cultura que tiene la voluntad de reajustar los proyectos del hombre a sus propias limitaciones, a una ideología que aspira a ensalzar al hombre a costa de malograr su vida, retirando de ella el sacrifico y el esfuerzo, la Religión y la Trascendencia, confiriéndole el débil soporte de lo inmediato, construyendo el entramado de un hombre desasistido y abandonado a sí mismo. Objetar a EpC es la mejor opción posible cuando el camino no conduce a ninguna meta digna del propio hombre.

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