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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Las cárceles como sentinas

Mario López Sellés (Madrid)
Mario López
jueves, 27 de septiembre de 2007, 11:52 h (CET)
El sociólogo del Centro Penitenciario de Madrid-I, Luís Fernando Crespo Zorita, con su carta “La Merced, la ley y el servicio penitenciario” publicada en el diario EL PAÍS el 24 de septiembre, me ha devuelto a mis años mozos, cuando era estudiante de primero de arquitectura y militante en la clandestinidad del PCE. Por aquella época, cuando se empezaba ya a vislumbrar el embriagante resplandor de un horizonte en democracia, muchos chavales como yo hacíamos nuestras particulares “cartas a los reyes” solicitando a un imaginario Gobierno las reformas que a nuestro parecer deberían hacer del nuestro un país democrático y progresista. Una de estas reformas y, posiblemente, una de las que se nos antojaba más crucial era la del Código Penal. Queríamos que las cárceles pasaran de ser Campos de Concentración a Centros de Reinserción Social y, sobre todo, deseábamos que la sociedad se concienciara de que la delincuencia era un síntoma de una sociedad enferma y que todos éramos responsables de ella y no sólo los delincuentes. Que, en último extremo, el delincuente era la parte más débil en un conflicto producido por las injusticias generadas por todos. Recuerdo que muchos de nosotros recibimos con entusiasmo la actual Ley General Penitenciaria que, como recuerda Luís Fernando, ordena como fin primordial de las Instituciones Penitenciarias la reeducación y la reinserción social de los sentenciados a penas y medidas penales privativas de libertad.

Han pasado los años y la conciencia social ha hecho aguas. Como muy bien dice Luís Fernando, las cárceles actualmente son –como lo fueron en la época de Franco- las sentinas de esta nuestra sociedad que ya no quiere reconocer la parte que le corresponde en la existencia de la delincuencia, y cualquier intento de mejora en las condiciones de los presos tiene un elevado coste electoral que nadie quiere asumir. Un enfermo que no reconoce su enfermedad está condenado a morir de ella.

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