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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

La excepción de Nicaragua

Eva N. Ferraz (Barcelona)
Redacción
lunes, 24 de septiembre de 2007, 23:15 h (CET)
Es reciente en los países de Latinoamérica la cruzada para establecer el aborto en sus legislaciones, a veces por medio de un simple decreto.

Sin embargo la Asamblea Nacional Nicaragüense ha vetado el regreso del derramamiento de sangre de los no nacidos a través del "aborto terapéutico" en su nuevo Código Penal, por una mayoría aplastante, 62 votos a favor de la vida, 3 votos en contra y 0 abstenciones. Los diputados afirmaron que: "Nicaragua es un país que ama la vida" y hablaron abiertamente de la campaña millonaria emprendida por los grupos abortistas y organismos internacionales que buscaban la implantación del terrorismo contra los más pequeños. Qué vergüenza para una Europa que sanciona la pena de muerte y es capaz de innovar ordenanzas en pro de los derechos animales imponiendo a sus infractores multas nada exiguas, mientras deja desprotegidos a los hijos no deseados de la especie humana.

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La Constitución española no necesita ser interpretada respeto a la vigencia, en todo el territorio español, de la lengua que hablan más de 500 millones de personas: el castellano.

Banalización

Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

El riesgo feminista

Hace unos días el arribafirmante escribió sobre los peligros del neomachismo
 
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