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Etiquetas:   Disyuntivas   -   Sección:   Opinión

Perversiones culturales

Rafael Pérez Ortolá
Rafael Pérez Ortolá
domingo, 23 de septiembre de 2007, 22:06 h (CET)
Vean sino los alrededores que disfrutamos. ¿A qué cultura jugamos? ¿La disfrutamos o la padecemos?¿Hasta qué punto se multiplican las opciones personales? Sin ninguna duda, se prestan a comentarios jugosos estos asuntos?

El término CULTURA no adquiere los significados actuales y no se consideraba como tal sustantivo hasta el siglo XVII. La falta de una denominación exclusiva no supone una negación de la enorme cantidad de legados, intelectuales, técnicos, individuales y colectivos. Las sucesivas elaboraciones generadas por la humanidad cabrían en el epígrafe cultural moderno. Las cualidades de los humanos se fueron aplicando en los distintos campos.

Sin embargo, los comienzos en la adquisición de dichos conocimientos y la forma de cultivarlos tomaban más el aspecto de una LLUVIA CULTURAL, aportaban feracidad y enriquecimiento a los comportamientos. Se actualizaba a diario el sueño de las mejorías sociales. Hasta aquí, cada parte de la cultura, cada hombre, estaba involucrado en el ámbito común. Los futuros desarrollos se proyectaban de forma natural según las apetencias y necesidades.

Hablamos de unos conceptos a disposición de todos, UNIVERSALES, logros conseguidos por la humanidad. Cada uno se adentrará en ese magma con diferente grado de intensidad; influirán las voluntades, capacidad, dificultades, o cuantos factores se aproximen al evento. No conviene confundir esas ideas universales, para todos, con los poderes administrativos, con la fuerza capaz de distorsionar la situación. Los avances culturales estaban muy entroncados con la antropología. Otra cosa era su difusión en cada grupo, los errores o las manipulaciones.

A medida que se introduce el término CULTURA, se agrandan los diagramas y los esquemas; con prepotencia singular se etiqueta todo. El poder, en un sentido amplio -Dinero, político, mediático, nivel de inteligencia-, pretende una calibración y un dominio de todos los pormenores. Aquello del ámbito general se reparte en gran número de compartimentos, clases, subdivisiones y dominios. Entramos en la esfera propia de los CONCEPTOS PÚBLICOS. Aquí se disputa, se presiona, y también se tergiversa o engaña. Como campo de batalla, las acotaciones, invasiones o maquinaciones se erigen en protagonistas. Habrá dominios, también fracasos, y no pocas veces una suerte de locura continua. Se entra en un espacio público que alguien se encarga de fragmentar en compartimentos.

Las circunstancias se vienen acumulando. Tanto sacar a la palestra definiciones, etiquetas, clasificaciones, acotaciones... se va arrinconando el debate y la consideración de un tercer grupo de realidades, precisamente las referidas a esa trastienda donde se cuencen las personalidades, la correspondiente a la esfera de la INTIMIDAD. Tanto vociferar con teorías o esquemas, contrasta con la escasa elaboración y poco estudio referidos al manejo personal de los problemas y vivencias, ni se debate sobre eso, interesa más dejar de lado estos aspectos más personales. Esto trae una consecuencia grave, precisamente se trata de la esfera donde la voluntad de acción y los deseos van a graduar los impulsos de los individuos. Ahí se decidirá sobre los actos éticos, civilizados o morales.

¿De dónde viene la gravedad de esta situación? A raíz de tres funestos comportamientos. Uno, el desdén con que se tratan estas cuestiones, como personales o íntimos, no interesan; paradójico, tratándose de un lugar clave a la hora de tomar decisiones. Dos, al no hablar de estos compartimentos y de sus características, se van difuminando los atributos propios del individuo. ¿Cómo extrañarse entonces de la carencia progresiva de las buenas cualidades personales? En estos días, Robert Musil habría escrito "El hombre sin atributos" con 7 tomos más. El tercer comportamiento, sin atributos y menospreciados, se contribuye a la formación de unos sujetos a los que se podrá arrastrar y manipular culturalmente.

Ya se dejó lo universal, se desdibujó lo público, quedando muy desorientados ante la marabunta de datos y sucesos. Las disputas agresivas proliferan, se convierten en protagonistas cotidianos. Los líderes manejan la propaganda ante un público rival poco cualificado, que no tiene o no quiere ejercer sus cualidades; los conceptos van quedando tergiversados.

Nos domina la PERPLEJIDAD de ese contraste entre la avalancha de comunicaciones y el aturdimiento, No resulta fácil determinar la opción más adecuada. Casi nunca obtendremos suficientes datos, y sobre todo, lo suficientemente claros. ¿Cómo salir de la perplejidad? No suelen faltarnos desconocimientos e incapacidades; por consiguiente, si la disposición cultural no es óptima, se acrecentarán las distorsiones.

Estamos ante una disyuntiva tensa y dramática.

Desde fuera, Un engranaje cultural plagado de esquemas COERCITIVOS, multitud de jerarquías e intereses, sin faltar en ningún momento los voluntarios para marcar a los demás la dirección adecuada. No se arredran ante nada, unos pretenden saber e imponer lo que conviene al "pueblo", otros lo que quiere "Dios" de nosotros, lo que debemos comer o el arte que debemos admirar, todo según ellos; nosotros no contamos como entes específicos.

Desde dentro, perplejos y aturdidos, quizá por la pasividad previa, por falta de medios, por falta de tenacidad o por un rosario de defectos e incompetencias de las que no podemos librarnos. Se barruntan aires enrevesados por estos terrenos, máxime a la vista de las distorsiones culturales. Las rectificaciones exigen razonamientos propios de la persona humana. ¿De dónde saldrán si esa persona se va ninguneando? El protagonismo no debe ser de las estructuras.

Qué pocas veces se escucha un planteamiento para ofrecerle los suficientes medios a cada individuo, para que él pude escoger entre las posibilidades y forme su criterio, para que cada quién pueda conformar sus peculiaridades. Domina ampliamente la nefasta tendencia a la imposición de un determinado plan cultural.

Una cosa serán las versiones culturales, enriquecedoras y deseables. Y frente a ellas, las perversiones sólo esquilman el concepto de cultura. Acaso caminemos hacia una cultura sin personas, anónima y fantasmagórica.

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