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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

El Ayuntamiento de Ibiza y la exposición pertinaz

Roberto Esteban Duque
Redacción
domingo, 23 de septiembre de 2007, 15:23 h (CET)
El Ayuntamiento de Ibiza ha decidido, conforme a su recta razón de no juzgar la expresión artística e invocando una vez más “la libertad de expresión hasta las últimas consecuencias”, mantener abierta durante todo el mes de septiembre la blasfema exposición donde se ofende gravemente a la Iglesia católica. Quizá sea difícil extirpar la cizaña en determinados sectores de la vida política que han crecido en un ambiente corrupto. Quizá sea, como afirma Dostoievski en Los demonios, que el hombre es incapaz de resistirse a la fuerza del mal. Como sólo Dios conoce el corazón humano, digamos que, en todo caso, se trata de un ataque más en toda regla al catolicismo. Así lo ve Monseñor Cañizares, para quien las ofensas a Cristo y el Papa en la exposición, pretenden “erradicar a Dios”, y especialmente a la Iglesia católica de nuestra sociedad. De hecho, el laicista no sería sin ella, lucharía contra un fantasma. Pero no es el caso. Cristo y el evangelio, y de un modo notorio la Iglesia católica, causan muchas molestias en nuestra sociedad.

Hay unos principios de justicia que deben atenderse en la obstinación de permanecer abierta semejante exposición. ¿No hay una incompatibilidad fundamental entre el recinto sagrado y la blasfema exposición? ¿Acaso no es un acto de justicia exigir a quienes administran bienes públicos no hacer a los demás - en este caso a los católicos - lo que a ellos no les gustaría que les hiciesen, es decir, negarles el voto en las elecciones? ¿Por qué la complacencia en el mal ajeno por parte del Ayuntamiento de Ibiza? ¿No tengo derecho a que respeten mi fe y no se ofenda a mi Iglesia, a que no se vulnere la dignidad ni las convicciones de la comunidad católica? ¿Por qué se permite continuar con la exposición cuando se agravia a tantos ciudadanos y se lesiona gravemente la convivencia social y pacífica de una comunidad? ¿Me vais a acusar de fundamentalista moralizante porque censuro la blasfemia y la ofensa? ¿Me vais a declarar talibán por invocar la justicia humana cuando se vulnera el hecho religioso y no se contribuye a la paz ni a la realización de la libertad, cuando se destruye la dignidad humana y la justicia?

Difundir y tolerar la blasfemia es un atentado contra los derechos sociales y políticos de los ciudadanos, contra el mismo orden estatal. La ética política exige una ética institucional. Si no hay maldad peor que la injusticia, al creyente le corresponde la tarea de ejercer su dimensión profética, su valentía para acometer desde la prudencia acciones injustas. Y la prudencia es hacer lo correcto, elegir y realizar la acción oportuna ante el mal. No veo mejor acto de prudencia, sin posibilidad de errar en la elección, ni mayor bondad para la sociedad, que denunciar lo que altera la convivencia humana. Si es verdad que sufrir injusticias es mejor que cometerlas, también lo es que las autoridades civiles deberán responder de la administración de los bienes que la misma sociedad le ha confiado. Y esa responsabilidad comienza por respetar la fe de los ciudadanos, sus convicciones más profundas, lo más sagrado del hombre, aquello en que consiste su única dignidad, su condición de hijo de Dios.

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