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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Arte y tradición cruel

Antonio García-Palao (Madrid)
Redacción
domingo, 23 de septiembre de 2007, 15:23 h (CET)
Los que defienden el toreo argumentando que es un arte se olvidan de que, por ejemplo, el "Otello" de Shakespeare es una auténtica obra de arte literaria y ello no justifica que el actor o cantante principal de la función pueda matar realmente a la infortunada Desdémona. Si fuese así, el gran actor sería además un asesino.

De la misma forma, si en la ópera "Carmen" de Bizet se maltratase realmente a un animal o a la protagonista del inmortal Merimée, los responsables de la producción cometerían un acto perverso, además de un delito. Tampoco el séptimo arte tiene licencia para rodar sus obras cinematográficas con violencia real. Todo ha de ser una inofensiva representación, sin perjuicio además de que esta ficción pueda ser incluso reprobada por su excesivo realismo.

Si en nombre de la tradición los cristianos alanceasen realmente todos los años en Villajoyosa o Alcoy a decenas de moros para celebrar la conmemoración de la reconquista de la península Ibérica, España sería considerada un lugar habitado por asesinos. Si basándonos en la tradición asiria, persa o romana el derecho penal contemplase aún la crucifixión de personas, nuestra civilización hubiera sucumbido también hace mucho tiempo a causa de tanta barbarie. Afortunadamente fue abolida en el siglo IV por Constantino.

Si tampoco hoy es aceptable crear mediante el cruce de razas, perros o gallos de pelea caracterizados por su fiereza, por qué no nos parece perverso crear toros bravos para la lidia. Y si es una raza genuina, por qué se aduce torpemente que el toro nació para morir en la plaza. Un Rottweiller o un Pit Bull no nacen para morir en peleas.

Si basándonos en el respeto a la libertad individual o de un grupo se otorgase inmunidad de acción, las mafias, la delincuencia y la impunidad camparían también a sus anchas. La equidistancia entre antitaurinos y taurinos aduciendo respeto por ambas partes es tan impropio de la razón, la ética y el derecho como lo es no interponerse entre víctimas y opresores o entre animales inocentes y la tradición cruel.

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