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La democracia: último atractivo del presidente turkmeno

Elena Shesterniná
Redacción
domingo, 23 de septiembre de 2007, 20:58 h (CET)
El presidente de Turkmenistán, Gurbanguly Berdymujammédov, anunció sus planes de indultar a 9 mil reos. Deseoso de continuar la tradición fundada por su predecesor, padre de todos los turkmenos, Saparmurat Niázov, hizo coincidir ese acontecimiento con “la Noche del Perdón y del Poderío”, el 27º día del mes de Ramadán, sagrado para todo el mundo islámico. Sin embargo, esta fecha obedece tanto (ni cuanto) al deseo de respetar las tradiciones de Niázov. La realidad es más prosaica: en breve Berdymujammédov se dirigirá a Nueva York para asistir a la Asamblea General de la ONU, donde no estaría de más mencionar las “transformaciones democráticas” realizadas en el país desde el momento de su llegada al poder.

En vísperas de la visita, el nuevo líder turkmeno desplegó impetuosa actividad orientada a demostrar: aunque no renuncia a su estatuto de “sucesor”, en las relaciones con Occidente se muestra dispuesto a ser mucho más leal que Niázov. Entre tales maniobras diplomáticas figura la reciente declaración sobre los planes de convertir Turkmenistán en país con economía de mercado.

El señor Berdymujammédov sólo está ensayando el papel de principal reformador del país. Aunque se esmera mucho. Prometió subir las pensiones, salarios y estipendios, poner orden en el sistema impositario y de salud pública destruido por Niázov, devolver a los turkmenos el acceso al internet prohibido por el ex presidente y la instrucción media y superior (en la época de Niázov la secundaría básica se limitaba a nueve años); prohibió utilizar a los escolares en la recogida de algodón y, además, prometió crear un sistema pluripartidista.

Aunque no anunciado oficialmente, el culto a la personalidad se está combatiendo en amplio frente. Esto se ha revelado en la liquidación del Fondo Internacional del turkmenbashi y en el hecho de haber sido prohibida la celebración a escala nacional del cincuentenario del propio Berdymujammédov que se limitó a celebrarlo el 29 de junio pasado “en el seno de la familia”. Pero lo fundamental es que de las ciudades han comenzado a desaparecer misteriosamente los monumentos a Niázov. Su perfil dorado ha desaparecido hasta del emblemático comienzo de las cuatro cadenas televisivas estatales; la mención del turkmenbashi ya ha dejado de figurar en el estandarte presidencial y en el texto de la jura de bandera, al ser sustituida por el neutral: “presidente”.

A decir verdad, casi en seguida las imágenes del turkmenbashi se vieron sustituidas por los retratos del propio Berdymujammédov, lo que, a propósito, las autoridades podrán justificar alegando “manifestación voluntaria del amor que el pueblo profesa al nuevo guía”. Casi del mismo modo ha sido explicada (es decir, “por los distinguidos méritos en la realización de la política interior y exterior”) la imposición a Berdymujammédov de la Orden “Vatan” (“Patria”), que contiene un kilo de oro y diamantes. El “Rujnamá” de Niázov (cuya triple lectura se consideraba suficiente para cobrar inteligencia y asegurarse el paraíso) va cediendo lugar en las escuelas y centros de altos estudios a las obras del actual mandatario, médico de profesión, abogado del modo de vida sano.

La reciente iniciativa de mejorar la imagen del país –la próxima amnistía- no es la primera en los ocho meses de presidencia de Berdymujammédov. Mucho mayor asombro causó en agosto el indulto presidencial de 11 reos, acusados de concebir el “atentado” contra “el padre de todos los turkmenos” el 25 de noviembre de 2002. Entre los absueltos figura el ex muftí superior, Nasrullá ibn Ibadullah, quien por más de una vez criticó la citación del “Rujnamá” en las mezquitas, lo que contradice los dogmas del Islam. Pero, conviene señalar que, además del muftí, la “lista blanca” no incluye personalidades de peso: entre los puestos en libertad figuran la amante de un “traidor”, Olga Prokófieva, y un anciano de 80 años. No se conoce la suerte que corrió el protagonista de la causa: el ex ministro de Asuntos Exteriores, Borís Shikmurádov, quien en aras de su propia salvación, escribió en la cárcel, al dictado de los servicios secretos, un libro revelando a todos los conspiradores. Según datos no confirmados, la transacción concertada con las autoridades no le salvó de la muerte.

En la lucha contra la herencia de Niázov, Berdymujammédov recurre a otros métodos más tradicionales para los políticos turkmenos, librándose de su entorno. “Por graves errores en el trabajo” fueron destituidos el ministro de Energía, el ministro de Construcción y el ministro de Transporte Ferroviario. Las autoridades prometieron instruir proceso judicial con respecto a ellos. Pero las purgas más amplias afectaron a las estructuras de fuerza: fueron detenidos el ministro de Seguridad Nacional, Gueldymurad Azhirmujammédov; el jefe de la Guardia Presidencial, Akmurad Redzhépov, la “mano derecha” de Niázov, y su hijo, Nurmurat Redzhépov, coronel de la seguridad nacional. Los Redzhépov, que durante largos años controlaban los torrentes financieros de muchos miles de millones de Niázov en el extranjero, fueron condenados: el padre, a 20 años de prisión y el hijo, a 13. El ex presidente del Mejlis (parlamento) Ovezgueldy Atáiev (quien conforme a la Constitución debería desempeñar el puesto presidencial, fue detenido el día de la muerte de Niázov) cumple la pena de 5 años de prisión, acusado de “haber llevado al suicidio a su nuera”. Gurmanguly Berdymujammédov nombra a los puestos vacantes a “su gente”, en primer lugar, a parientes y coterráneos del distrito de Gueok-Tepin.

Cabe señalar que el nuevo presidente procura no mencionar sus logros, tanto públicos como de otro género. Hace poco un miembro del presidencial Partido Democrático (que hasta el 1991 se llamaba Partido Comunista de Turkmenia) propuso adjudicar al presidente el título de “gran guía”, a lo que el mandatario respondió con acerbas críticas, diciendo: “Soy un simple hijo de mi pueblo, y por ahora nada insigne. Para llegar a serlo hay que hacer mucho”.

En lo que al “gran turkmenbashí” se refiere, éste no se asombraría al ver desaparecer sus retratos de las calles y las oficinas de funcionarios. Pues, en 1998, al intervenir en Nueva York, Niázov descubrió en sí el don de profeta, al declarar:”No me cabe la duda que tras mi desaparición los monumentos y la moneda nacional serán destruidos.” Ahora sólo falta por esperar cuando el nuevo presidente imponga una nueva reforma: la monetaria.

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Elena Shesterniná, para RIA Novosti.

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