Quantcast
Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto. Noticias y opinión
Sueldos Públicos Viajes y Lugares Display Tienda Diseño Grupo Versión móvil

Opinión

Etiquetas:   Con el telar a cuestas   -   Sección:   Opinión

Don Servando (II)

Ángel Sáez
Ángel Sáez
domingo, 23 de septiembre de 2007, 05:16 h (CET)
(Sigue el de ayer.)


Don Servando se portó y comportó conmigo, durante mis dos primeras semanas universitarias, como el padre que nunca tuve (ah, sí; no les he comentado todavía, desocupados lectores, que soy hija de madre soltera; mas es algo que acarreo con la cabeza muy alta y sin padecer un ápice de deshonra; que sobrellevo sin sentir una pizca de vergüenza), a quien, por cierto, jamás eché de menos o en falta. Luego su actitud conmigo cambió… a mejor o a peor (según sea el color del cristal a través del cual se mire el caso o la cosa). Desde aquel fatídico miércoles, trece, de infausto recuerdo, en el que fui objeto de un intento (¡menos mal que, gracias a Dios, quedó reducido a eso!) de violación en el portal del edificio en el que tenía su piso la familia (una pareja de maestros que frisaban los cincuenta, sin hijos), donde había decidido fijar mi residencia habitual durante mi primer curso de Filosofía y Letras; itero, desde aquel indeleble e inmarcesible trece, todos los miércoles, día del espectador en los multicines del centro comercial más propincuo a casa, tras ver la sesión de las siete, cenaba con don Servando, fregaba los cacharros en un pispás y, a continuación, nos poníamos a ver la película que daban en Canal +. Al principio, algunas noches me quedaba a dormir en una cama turca. En cierta ocasión, alegres, por la extraordinaria ración doble o triple de vino bebido en la cena, una gana llevó a otra, quiero decir que a una tentación propia le siguió o se vio contagiada o contaminada por otra ajena, en definitiva, que yacimos en el mismo lecho y allí don Servando me rasgó mi más preciada tela.

Ahora caigo en el hecho, en que aún no les he urdido que estoy tumbada en la cama de un hospital, concretamente, en su cuarta planta, la de Maternidad. Hace cuatro o cinco horas, he dado a luz, sin sentir apenas dolores (¡bendito invento –el de la epidural, se sobreentiende-!), a mi pimpollo y primogénita, Montserrat, que ha pesado 3,88 kilogramos y medido 52 centímetros. A mi madre, que se le ha abierto el cielo nada más enterarse de que mi alhaja y su joya es un bebé sanísimo, casi le da un patatús al conocer que mi niña ha nacido, como asimismo vine al mundo yo, con una pequeña protuberancia en la falange proximal del dedo meñique de la mano izquierda. “Vaya, vaya, con don Servando; ¡sigue siendo el clásico, típico y tópico perillán!”, he escuchado que ha dicho con cierto retintín, inconcusamente, la matrona. “Todo hombre es un animal de costumbres; y éste, por lo que se colige, conserva tanto los hábitos buenos como los malos” ha venido a ratificar el diagnóstico formulado por la partera el médico especializado en Obstetricia y Ginecología que ha supervisado el feliz alumbramiento de mi silente vástago. Así que no me ha extrañado un pelo, lo más mínimo, que mi progenitora haya montado en cólera, se haya puesto como un basilisco, fiera, furia o gorgona y que le haya llamado de todo, menos guapo, a quien ha coronado la espetera o el rosario (que ha ido ensartando con los insultos que le ha dedicado y proferido) sambenitándolo con un “¡asqueroso y maldito ‘Seisdedos’!”, y hasta que haya jurado y rejurado que iba a rebanarle el pescuezo y, a renglón seguido, su salaz dedo sin uña tan pronto como le diera alcance y se lo echara a la cara, porque entonces, sólo entonces, he caído en la cuenta: con idéntico defecto o tara nacieron, hace una docena y decena de años, Alba y Lucía, las hermanas pequeñas de mis amigas Paula y Raquel, respectivamente. A pesar de mi perseverante mutismo a propósito del tema, mi madre, sin estudios superiores, pero con más conchas que un quelonio, había deshecho en un santiamén el nudo gordiano, descubriendo el secreto que yo guardaba con tanto esmero, invicto e intacto, en el doble fondo de la caja fuerte de mi conciencia.

Noticias relacionadas

Disyuntivas crueles

¡Nos asaltan a mansalva! ¿Encontraremos el seso suficiente para afrontarlas?

Los oráculos se cumplen. El independentismo enfrentado al Estado

“El nacionalismos es la extraña creencias de que un país es mejor que otro por virtud del hecho de que naciste ahí” G.B.Shaw.

La realidad de los profesores

Parece que los docentes tenemos mala fama, pero no está justificada

Nada dura para siempre

Evitemos el dolor. Podemos hacerlo

Sting y la táctica de Rajoy en Cataluña

La táctica de Rajoy en Cataluña es rock. Puro rock
 
Quiénes somos  |   Sobre nosotros  |   Contacto  |   Aviso legal  |   Suscríbete a nuestra RSS Síguenos en Linkedin Síguenos en Facebook Síguenos en Twitter Síguenos en Google Plus    |  
© Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto | Director: Guillermo Peris Peris