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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Un pulso al desierto

Francisco Arias Solís
Redacción
sábado, 22 de septiembre de 2007, 09:54 h (CET)
“Fatiga tanto andar sobre la arena
descorazonadora de un desierto,
tanto vivir en la ciudad de un puerto
si el corazón de barcos no se llena.”


Miguel Hernández

El desierto avanza. La comunidad científica internacional asegura que de seguir el actual ritmo de degradación de los suelos y la consiguiente desaparición de sus cubiertas vegetales, el equilibrio climático del planeta peligra. La progresiva elevación de la temperatura, está haciendo que las tierras secas proliferen, sustituyendo bosques y pastizales.

En el caso concreto de nuestro país, la situación se nos pinta con tintes dramáticos, más de la mitad de los suelos españoles (unos 28 millones de hectáreas) se están deteriorando a causa de la erosión y perdiendo toda capacidad productiva. El proceso más grave se centra en 13 millones de hectáreas, donde se encuentran zonas ya prácticamente desiertas.

El proceso de desertización se concibe como la pérdida del potencial biológico del suelo, es decir, la destrucción de los recursos naturales de la tierra, en unas condiciones de tensión ecológica. Los factores que influyen en favor de la desertización son múltiples. Entre los agentes naturales destacan: el viento y el agua en movimiento (torrentes, ríos y mares), la temperatura, la humedad, etc.

La intensificación de los ecosistemas agrarios ha sido posible mediante la irrigación y drenaje, grandes insumos de energía y productos químicos, que al mismo tiempo los ha hecho más artificiales y propensos a repentinos desastres. No se ha tenido en cuenta a la hora de someter un suelo frágil a la explotación agraria, los desequilibrios que pueden sobrevenir por exceso de sales, degradación química y las erosiones hídricas y eólicas.

Asimismo, la sustitución de sistemas tradicionales de trabajo por regla general mejor adaptados a los tipos de suelo, por otros de tecnología más avanzada pero procedentes de zonas más húmedas, que buscan una mayor productividad a corto plazo, desgastan en exceso los limitados recursos naturales de las zonas en cuestión.

Otras actividades humanas que ponen en peligro grave la desertización de nuestros paisajes son el sobrepastoreo, la tala, los incendios forestales, las vías de comunicación mal diseñadas, la masiva construcción de pantanos y presas, la urbanización del campo y algunos deportes de montaña que aumentan los peligros de incendio y aceleran la erosión, aparte de lo potencialmente contaminantes que son.

España se sitúa a la cabeza en la relación de países que a mayor velocidad se van desertizando, siendo las Comunidades Autónomas de Murcia, Andalucía, Madrid, Castilla-La Mancha, Aragón, Valencia, Extremadura y Canarias las más afectadas.

Según los estudios oficiales, tan sólo el 35,8% de los suelos españoles no sufren una erosión apreciable. El 10,8% presentan síntomas débiles de erosión. El 27,6% presentan una erosión moderada y el 25,8% una erosión grave.

La respuesta del hombre ante este fenómeno ha sido históricamente nula: tan sólo la táctica de la huida, es decir, el abandono de la tierra “muerta” en busca de otras más fértiles y explotables.

Tan sólo desde el primer tercio del siglo pasado, y a la par que el desierto, han ido creciendo el temor y la concienciación de gobiernos y sociedades, se ha comenzado cierta lucha contra la desertización si bien de una manera frontal.

El Sureste español es, sin duda, una de las regiones del mundo más afectada por el avance implacable del desierto. Y podemos decir que el mayor responsable de ello es el hombre: es visible la huella humana en las desforestaciones de sus montes, el sobrepastoreo y la extensión de los cultivos hasta áreas de bajísima pluviosidad. Y como dijo el poeta: “Da ganas de llorar ver este mundo / sin un valle, ni un monte ni una orilla / donde el rebaño pueda abrir la boca”.

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