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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

Un mundo difícil: el del trabajo

Miguel Massanet
Miguel Massanet
sábado, 22 de septiembre de 2007, 09:14 h (CET)
Por una vez y sin que sirva de precedente les voy a comentar algunas experiencias de mi vida profesional. Dicen que el diablo sabe más por viejo que por diablo y, en mi caso, seguramente es así. Sea por fas o nefas, he dedicado cerca de cuarenta años de mi existencia, a las relaciones laborales. Sobre mis espaldas puedo decir que llevo negociados no menos de ochenta convenios colectivos y les aseguro que he experimentado todos los trances que se puedan dar en esta cuitada tarea de hacer de visagra entre las empresas y los trabajadores. Los que nos dedicamos a estos poco gratificantes menesteres, somos especialistas en recibir, como un puching ball, tortazos de un lado y del otro y, todavía te ves obligado a poner buena cara y tomártelo deportivamente. Por eso, cuando me preguntan si soy de derechas me encojo de hombros y contesto:” Sí, a pesar de todo, continúo siendo de derechas”. La verdad es que, todavía, creo en las excelencias de la libertad del individuo; en el valor del esfuerzo y del trabajo; en la imposibilidad de que las personas sean calcos unas de las otras y en la valoración del mérito y la perseverancia, en oposición a la abulia y la vagancia. Así es que cuando la ministra, señora Cabrera, quiere fabricar clones de iletrados, quiere darles títulos, sin estar avalados por los correspondientes conocimientos y busca equiparar a los esforzados con los vagos de solemnidad; se me enciende la sangre.

Ahora bien, no se crean que todos los que se etiquetan como de derechas, los que se arriman al poder, sea cual fuere o los que centran sus creencias políticas en función de sus propias conveniencias, los considere como tales. Mis observaciones como negociador me han demostrado el verdadero cariz de aquellos a los que he representado ante los trabajadores. He sido testigo de injusticias manifiestas con aquellos que, con su trabajo, hacen rentable un negocio y, también, como no, he podido constatar como sindicatos, Jurados o Comités de Empresa, han actuado, en defensa de posturas estrictamente políticas, con lo que han logrado dejar sin trabajo a cientos de trabajadores. Dicho lo cual, cuando uno asiste a una reunión de directivos, en el salón de actos de una empresa; conoce los resultados de la cuenta de pérdidas y ganancias y contempla, sentados en sus poltronas, a muchos oligarcas cuya única función, en la empresa, consiste en contar las ganancias que les producen sus participaciones; se siente incómodo por su pequeñez; pero cuando uno se da cuenta de que, estos mismos sujetos, son incapaces de compartir una parte de sus ganancias con los trabajadores y te miran como a un bicho raro cuando les pides un gesto en este sentido, mientras te amonestan: “ No, no, eso que nos pides es una barbaridad, ¿qué se han creido estos trabajadores? Si les diéramos lo que demandan sería la ruina de la empresa” y, después del exabrupto, se quedan tan panchos, pensando en que, al acabarse la reunión, tienen un gran banquete en uno de los restaurantes de lujo de la ciudad; les aseguro que, entonces, me siento más comunista que el mismísimo Lenín.

Cuántos conflictos se hubieran soslayado; cuántas pérdidas millonarias se hubieran obviado y cuántos cierres de empresas se hubieran evitado, si la dirección se hubiera mostrado un poco más flexible; hubiera tenido un gesto humano o una simple atención simbólica con su personal cuando, un año de beneficios, se lo permitiera. La sempiterna canción de que “la empresa pierde dinero” o “este ha sido un mal año”, estribillo archisabido, que intenta justificar una tacañería egoista de quienes lo argumentan, para condenar a sus empleados a las horas extras o al anticipo; no son precisamente el mejor aval para sentirse identificado con ellos.

Pero tampoco nos olvidemos de la otra parte. Especialmente en empresas de más de doscientos cincuenta trabajadores ha sido y, supongo que continúa siendo, uno de los argumentos más manidos esgrimidos por los representantes de los trabajadores, afirmar categóricamente que en la empresa se trabaja al máximo de rendimiento; que el personal es explotado por la empresa y que los salarios son bajos. Es evidente, y así se demuestra por los estudios de las empresas expertas en medición de actividades, que estas excusas no tienen otro objeto que garantizarse un salario fijo, con independencia de si se rinde mucho o poco. Últimamente, se utilizaba este argumento por los sindicatos para demostrar que hacía falta contratar más trabajadores o negarse a hacer horas extras. Lo cierto es que, aquellos los trabajadores que se esfuerzan, los que acuden puntualmente a su trabajo, los que dan buen rendimiento han sido los que mejor se han situado en la vida. Lo que acostumbra a suceder, lo negativo, es que siempre hay un grupo, el más levantisco y quisquilloso, que suele estar integrado por los peores operarios y los de más absentismo, que se empeña en arrastrar a los demás a la protesta y la huelga. Pero sucede que la economía está globalizada, y es la competencia la que marca las posibilidades de que una empresa pueda sobrevivir y hacerse un puesto entre la competencia. Es obvio que, para ello, es preciso que el producto que se ofrece, aparte de ser de mejor calidad que los otros, sea competitivo con relación al resto de los de su misma gama, ofertados por los demás. Si no ocurre así, pronto la empresa entra en recesión y, muerta la vaca, se acabó la leche.

Es por ese aprendizaje personal, por lo que soy algo atípico en mis opiniones políticas. Me confieso liberal; no creo, en absoluto, en un mundo de clones ni en sustituir la religión por otra doctrina totalitaria que pretenda convertir una opción política en un credo religioso, al que todos los ciudadanos deban doblegarse. El sistema Estado–Gran Hermano me parece algo desquiciado y horrible; porque es capaz de destruir la libertad de la persona, como individuo, para convertirlo en un número más de una masa unipensante. No comparto, tampoco, elevar la igualdad o la, tan jaleada, paridad, a la categoría de un axioma que obligue a equiparar a unos con otros, sin tener en cuenta su valía, sus diferencias físicas e intelectuales o su rendimiento a la sociedad. Pero, así como me he declarado partidario del individuo como centro de la sociedad; debo decir que, esta parte de seudoderecha freaky; egoísta; insensata; exhibicionista y supermillonaria me sienta como una patada en la barriga. Son la expresión de todo lo que odio y comprendo que, para determinadas personas, que a duras penan consiguen vivir con su esfuerzo y trabajo, sean un revulsivo que les induzca a renegar de la sociedad. Lo ecléptico, acaso, sería lo ideal, pero ¿quién le pone el cascabel al gato? Yo, lo reconozco, no sabría como hacerlo.

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