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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Una ofensa más para la Iglesia Católica

Roberto Esteban Duque
Redacción
viernes, 21 de septiembre de 2007, 13:26 h (CET)
En un contexto de hábitos homosexuales griegos, de pornografía alarmante y gratuita, donde el placer del homosexual pasivo aparece como metáfora de la vida buena, el Papa Juan Pablo II es representado como un erómenos, carente de necesidades propias, al que un adulto y rapado erastés sodomiza. Otro cuadro muestra a Jesucristo cargando con la cruz al lado de una persona, mitad hombre mitad mujer, con un pene cerca de su boca. La exposición, más que escabrosa o inmunda, blasfema, tiene lugar en una Iglesia de Ibiza. Y ni es la primera, ni parece que vaya a ser la última vez que se ofenda tan gravemente a la Iglesia Católica.

Me asquea y avergüenza la degradación del arte irreverente, de la estética sin reglas ni medidas. Me da náusea la invocación por parte de la autoridad política al respeto de la libertad de expresión, cuando esa libertad está ordenada al mal y vulnera la dignidad de la comunidad humana. Una exposición objetivamente reprobable no puede encontrar jamás la complicidad ni el consentimiento de aquellos que han asumido unos compromisos públicos encaminados al bien común de la sociedad.

Promover la libertad de expresión no significa que todo está permitido; en tal caso, todo quedaría reducido al subjetivismo y al dictado sociológico que vincula el bien y el mal con las mayorías o el albur de las diversas coyunturas políticas. Promover la libertad de expresión, a la que apela el Ayuntamiento de Ibiza para justificar y exonerar su responsabilidad, no entraña la construcción de unos valores alternativos, al margen de la comunidad política, entronizando así las propias visiones de las cosas y del mundo. Promover la libertad de expresión no se identifica con la capacidad para transgredir cuando se quiera el respeto de la persona, ni sus convicciones morales y religiosas. Promover la libertad de expresión, en fin, no estimula a impulsar la expresión artística humillante, carente de sentido, a través de un escepticismo político tan amable y apacible como culpable.

Quizá para cierta clase política no exista ningún conflicto práctico cuando se ataca a la Iglesia Católica. Al cabo, la exposición es una muestra más de laicismo repugnante y destructivo, de educación para el ciudadano liberado de atávicas servidumbres religiosas. ¿Qué es, entonces, digno de ser visto, de aprecio y valor, en semejante producción pseudocultural? No lo sé. Imagino que el gusto por la provocación obscena y la mera afirmación expresiva del artista, la complacencia por el relativismo invasor, ajeno a cualquier exigencia moral, la visión de una estética de la satisfacción instintiva, la cultura que sólo aspira a obtener el mayor beneficio posible utilizando los medios más deleznables, sólo pueden contribuir a malograr el encuentro y la comunión entre los distintos miembros de la comunidad humana. Son muy fáciles las medidas que se deben adoptar con semejante exposición. Lo primero, ponerla fuera de la Iglesia. Acto seguido, echar a la basura lo que sólo es basura.

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