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Etiquetas:   Contar por no callar   -   Sección:   Opinión

Un soplo divino

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
jueves, 20 de septiembre de 2007, 22:38 h (CET)
Estos días se inicia en la sede judicial correspondiente el juicio contra los gestores de la entidad Gescartera en el que se les imputa haber estafado a los inversores que les confiaron sus ahorros. En el momento en que este caso se dio a conocer en los medios de comunicación se habló mucho de las correlaciones existentes entre el equipo directivo de la entidad y miembros de los Gobiernos de José María Aznar. Al frente de Gescartera y de manera directa estaban personajillos como la hermana de González Reina que tenía en aquellos instantes un importante cargo en el Ministerio de Hacienda o el cantante Jaime Morey, su hija era la novia del principal encausado, que figuraba en la nómina de asesores áulicos de Eduardo Zaplana a la sazón President de la Comunitat Valenciana. A la vista está que los comerciales de Gescartera tenían en su manga el as de una buena tarjeta de presentación, nadie iba a sospechar que personajes de tal alcurnia pudieran andar mezclados en los turbios manejos de estos piratas del siglo xxi que han evaporado en el aire más de 50 millones de euros.

Naturalmente los inversores que dejaban sus dineros en manos de tales gestores formaban parte de ese segmento societario al que podemos denominar “gentes de bien”, es decir, ricos de siempre sin mezcla de advenedizos malayos como algunos provenientes de la última Marbella, organizaciones de militares con graduación, algún que otro montepío policial y ecónomos de algún que otro arzobispado de la Castilla más rancia vestido con sotana de diseño. Estos fueron el señuelo que empleaban los comerciales de la “casa” para la captación de clientes y, como a nadie le amarga un dulce, fueron muchos los que cayeron en la trampa de estos trileros de traje caro y corbata de seda.

Pero cuando llegó el momento de las vacas flacas a los grandes inversores les dio tiempo para poder retirar sus ahorros antes de que los principales responsables de Gescartera pasaran por la comisaría y acaban, algunos, con sus huesos y sus trajes en la cárcel. Un soplo divino sirvió para que el Arzobispado de Valladolid no perdiera el capital invertido o para que algunos de los más importantes depositarios de dineros en manos de estos ladrones de guante blanco pudieran retirar a tiempo el fruto del resultado del sudor de otros que durante años habían atesorado. Dios estuvo con su capote haciendo un oportuno quite a estos inversores para que el morlaco de la estafa no mermara sus capitales. Y es que Dios siempre está al lado de los suyos devolviendo ciento por uno los denarios- euros en este caso- depositados en el cajoncillo parroquial de las limosnas.

De todo esto me he acordado esta mañana cuando, como cada miércoles, he bajado a echar una pequeña apuesta en la denominada “Lotería Primitiva”. Cada semana bajo lleno de ilusión hasta la planta baja en la que mi lotero particular se pasa el día vendiendo ilusiones y cada noche, al comprobar los resultados, veo que al día siguiente tendré que seguir sentándome ante el ordenador para poder llenar la olla de los garbanzos .Sorprendido he visto que, justo delante mío, había una monja sellando sus boletos para el próximo sorteo de lotería primitiva y he pensado que un soplo divino andaba revoleteando entre aquellas paredes. La monja, seguramente con hilo directo con el Altísimo, jugaba a la lotería como cualquier mortal aunque ella debe tener un valor añadido en su juego ya que, gracias a sus rezos, alguien desde el cielo se apiadara de ella y le concederá el placer de que le toquen algunos millones, “para los pobres”, dirá ella con seguridad y suficiencia.

Y claro, los demás echamos nuestro boleto con desilusión. Nuestros hados no pueden competir con el jefe de las monjas, y tenemos bastante negro conseguir que las bolitas que salen del bombo coincidan con los números que nos hemos atrevido a tachar en un trozo de papel. Es imposible competir con el soplo divino, ya lo han sentido en sus carnes, y en sus bolsillos, algunos de los afectados de Gescartera a los que las fuerzas divinas no avisaron y ahora lo sentiré yo al atreverme a echar unas apuestas de la Primitiva justo, y en el mismo local, después de que lo hiciera una monja. Así que, amables lectores, van a tener que seguir soportándome algunas semanas más, justo hasta que el soplo divino cambie de dirección y los “malos” ganemos alguna vez. Mientras tanto seguiré escribiendo.

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