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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Una amenaza contra la libertad

Francisco Arias Solís
Redacción
miércoles, 19 de septiembre de 2007, 21:49 h (CET)
“Y he de llevar mi libertad en peso
sobre los propios hombros de mi gusto.”


Miguel de Cervantes

El hombre es libre, quiera o no, porque no tiene más remedio que elegir, decidir, en cada momento de su vida; la libertad es el elemento en que acontece la vida humana, mientras alienta. Pero el ámbito de sus posibilidades puede ser angustiosamente estrecho, y entonces la vida se contrae, se retrae sobre sí misma, llega a ser una fracción de lo que podría ser. Por eso la mutilación de la libertad es el despojo máximo que se le puede hacer al hombre, la suprema injusticia social -una vez que el hombre ha llegado a la vida y mientras se le permite seguir en ella.

Esto quiere decir que, aunque ningún poder exterior es capaz de anular la libertad, la puede restringir de tal manera, que la vida se vuelve precaria, inferior a sí misma, degradada. Es muy difícil para un hombre o una mujer ser plenamente libres, si la sociedad en que viven no lo es, porque la vida humana es convivencia, y la libertad existe proyectivamente, entrelazándose con la de los demás, potenciándose unas con otras.

Durante largos años, España ha estado privada de esenciales libertades. Ha sido duro, penoso y arriesgado para un español conservar, realizar, desarrollar, manifestar la libertad que le era propia, a la cual, no solo tenía derecho, sino el deber de defender; era su obligación esforzarse hacia ella, reivindicarla, ejercerla hasta el límite de las posibilidades reales (o un poco más allá), crear así el ámbito en que podría renacer -para el mismo y, por supuesto, para los demás y para el futuro, para que España llegase a tener un futuro suyo, proyectado y elegido, no impuesto.

Hubiera podido pensarse que los españoles, sedientos de libertades públicas, celosos de conservar e incrementar las privadas, llenos de ambición por ampliar el alcance de estas, por asegurar su ejercicio mediante una estructura política destinada a garantizarlas y, más aún, estimularlas, iban a entregarse con contagiosa alegría al uso de la libertad, a su afianzamiento, a su pulimento, en un proceso de proyección constante, de imaginación política creadora.

¿Ha sido así? En buena medida sí: conviene no engañarse por lo que se dice o murmura. Cuando se sale de la visión miope característica de gran parte de la expresión política de lo español; cuando se mira a España en conjunto y un poco desde lejos -por ejemplo, desde fuera de sus fronteras-, asombra la dilatación hacia la libertad del cuerpo social de España.

Pero sería un insigne error creer que la libertad es querida por todos -ni siquiera por todos los que verbalmente la proclaman- Ha habido -y seguirá habiendo- intentos de que la libertad de los españoles termine abrupta y violentamente para ser sustituida por la arbitrariedad de unos cuantos.

Es sorprendente, que los españoles, a los que habría que suponer abrazados a su reciente libertad con apasionamiento, no estén en estado de alerta frente a todo lo que desde cualquier ángulo y con cualquier pretexto, sea una amenaza para su porvenir. Ya sé que se han opuesto, y volverían a oponerse, a cualquier intento frontal de destruir la libertad política, pero temo que no pongan en juego la imaginación para ver dónde llevan las propuestas que no reniegan de la libertad, pero la comprometen.

Hay, sin embargo, una amenaza contra la libertad, más real, plenamente actual, y por tanto más peligrosa, consistente en desanimar de la libertad. Dar por supuesto que está mediatizada, o amenazada, o que todo es “como siempre”; convencer a los ciudadanos de que “no vale la pena”, porque a lo sumo se trata de “libertades formales” y no de las otras (es decir, aquellas que no se consiguen más que cuando se han eliminado todas la libertades “formales”, aquellas que informan una sociedad y crean el ámbito para todas las demás, incluso la de pedir que la haya).

Este es el más efectivo peligro que la libertad corre en España. Si los españoles ceden a estas tácticas, pueden encontrarse sin libertad sin que nadie se la quite por la fuerza, simplemente porque habrán renunciado a usarla, y su hueco será ocupado por otros. Porque no puede pensarse que la libertad es un espacio vacío: es el lugar en que se realiza esa proyección múltiple, esa imaginación concreta, circunstancial, en que consiste la vida como libertad. Y como dijo Azaña:. “La libertad no hace felices a los hombre, los hace sencillamente hombres”.

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