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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

La evolución en el pastoreo de hombres

Marino Iglesias Pidal
Redacción
martes, 18 de septiembre de 2007, 22:09 h (CET)
Los primero clanes de sapiens sapiens se encontraban – era lo más conveniente para su supervivencia -, prácticamente, tutelados por dos figuras determinantes: el jefe y el curandero. ¿Quiénes desempeñaban estas funciones? ¿los hijos de? ¿los impuestos por? De haber sido así no habríamos pasado del Cro-Magnon. El jefe y el curandero eran, con toda seguridad, los más próximos a la idoneidad para el desempeño de estas funciones. El primero tomaba las decisiones y encabezaba la lucha, ya fuera para cazar o guerrear; y el segundo, hasta donde podía, atendía heridas y enfermedades y preparaba y dirigía ceremoniales que disponían el ánimo para la entrega en los enfrentamientos. No había lugar para la incoherencia. La naturaleza lanza prototipos a la vida sin preocuparse de acondicionarlos para ella. Si acierta sigue la serie, y si falla el prototipo no sobrevive. Así de sencillo. Es por esto que, forzosamente, todo era como debía ser en los albores de la inteligencia.

La inteligencia. El arma más eficaz puesta al servicio incondicional de una especie carente de las mínimas virtudes necesarias para manejar semejante poder sin llegar a causar un desastre de dimensiones apocalípticas.

Como consecuencia de este imperdonable fallo natural, el ser humano – ya liberado de la máxima: adaptarse o morir – inicia, en el plano material, un camino de destrucción para adaptar que, todo parece indicar no piensa abandonar, mientras que en lo social su camino hacia la autodestrucción lo sigue tratando de adaptarse a nefastas directrices inventadas por los más vivos de la especie.

Los clanes pasan a convertirse en comunidades más y más pobladas a medida que el tiempo discurre. Cada individuo trata de obtener el mayor provecho para sí mismo con el menor esfuerzo posible, a ser posible ninguno. Llega un momento en que el jefe deja de ser el idóneo, el que expone su vida en el campo de batalla luchando por el bien de los suyos, que también es el propio, para, de la mano de circunstancias ajenas a sus virtudes, convertirse en el dueño y señor de todo y todos y cuyo mayor esfuerzo consiste en acomodar su culo en el trono a fin de que no se le hormiguee. El curandero y una pléyade de correligionarios anexos conforman una institución, cuyos miembros han de ser mantenidos en abundante holganza para que puedan cumplir su misión de salvar cuerpos en este efímero mundo, y almas para el eterno que, según ellos, gozaremos después de quedarnos sin cuerpos.

Más tarde, el pueblo conquistará la gracia de elegir a quienes han de administrar sus intereses e instaurar y hacer cumplir normas de conducta para una coexistencia satisfactoria.

A día de hoy tenemos porque nos han dicho que tengamos, y por eso los pagamos: una monarquía para... para que nos represente y nos estabilice; una iglesia para... para que nos indique el camino de la salvación; contribuimos al mantenimiento de otras iglesias para que también puedan salvarse los que no comulgan con la nuestra y, algunos de ellos, no pierdan la esperanza de reconquistar Al-Andalus; y un gobierno... un gobierno... un gobierno que lo que sea que hace debe sentirse muy bien haciéndolo, puesto que es lo que quiere hacer, y lo hace, además, con, probablemente, no menos de tres o cuatro veces los hacedores necesarios y devengando salarios por ellos mismos fijados.

No necesito una mirada más amplia. Simplemente esta visión ya me hace exclamar: ¡Usti, qué inteligentes somos! ¡Hay que ver los pastores que hemos logrado echarnos en cuarentamil años de evolución!

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