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Etiquetas:   Reales de vellón   -   Sección:   Opinión

¿Telebasura o condimento?

Sergio Brosa
Sergio Brosa
lunes, 17 de septiembre de 2007, 23:16 h (CET)
Seguramente porque las cadenas de televisión ajustan en esta época del año sus programaciones de invierno, salen las nuevas parrillas, se habla de los fichajes estrella de los presentadores para los nuevos programas o para relanzar los viejos, se habla también, nuevamente de la telebasura.

Entendemos por telebasura aquel programa de televisión que no solamente no aporta nada sino que resulta más edificante no verlo. Por exceso que cutrez, exhibición de valores negativos, como la mezquindad, la mentira, la envidia, la traición, la violencia o todos a la vez. O la exposición de situaciones humanas impropias del regodeo de imágenes y comentarios sin enseñanza alguna, más que la simple presentación de circunstancias personales que tan sólo alimentan los bajos instintitos.

Y aparecen de nuevo las controvertidas opiniones de los liberales y los defensores de la libertad de expresión, siempre que no se metan con uno mismo y los partidarios de “educar” al televidente medio que pasa 6 horas al día frente a la caja tonta, con la mente en blanco en el mejor de los casos y dejando filtrar por su cerebro todo lo que sus ojos captan, pero con un cedazo de un solo hueco, del tamaño de la misma pantalla de TV.

Creo que hay un distingo necesario en esta discusión, entre televisiones públicas y privadas, en cuanto a telebasura se refiere. Las públicas se deben a los ciudadanos que las costean y deberían ceñirse a los parámetros de informar, educar, culturizar y entretener. Mientras que las privadas responden a intereses de particulares y son negocios hechos para ganar dinero, notoriedad, divulgación de una idea o pensamiento. Casi como una zapatería que quiere ganar dinero y tal vez imponer una nueva moda en el calzado, pero no culturizar a sus clientes.

Así pues, las televisiones públicas deberían abstenerse de practicar la inducción informativa, por ejemplo que es aquella forma de dar las noticias y hacer referencia a hechos determinados, siempre bajo un prisma que induzca al telespectador a concebir una específica forma de pensamiento. Lo que se da sistemáticamente en las cadenas de televisión de la Corporació Catalana de Radio i Televisió (CCRTV), pongamos por caso.

La programación de la televisión se asemeja a un condimento. En efecto, la TV por sí sola no es nada, un electrodoméstico que sin contenidos no tiene esencia alguna. Algo así como el arroz que sin condimentar no vale gran cosa.

Pero qué espera uno del arroz; qué espera uno de la televisión. Si uno espera hacer dinero con una cadena de televisión lo que debe hacer es llenarla de publicidad. Para tener publicidad hay que tener audiencia; un buen “share” como denominan los iniciados a la cuota parte de la audiencia que obtiene una cadena. Y si una televisión es eso lo que busca, hacer dinero, pasando por el mejor “share” posible, lo que debe hacer es programar aquellos contenidos que vea el mayor número de televidentes.

Esta perogrullada induce a analizar al telespectador más numeroso y darle lo que quiere ver. Y la mayoría de los televidentes son personas de poca cultura, porque tal es la media de la humanidad que se acomoda rápidamente a descubrir a un nuevo “personaje” creado e inventado por la propia cadena que cuando se hace conocido en las mentes del televidente queda ya enganchado con las andanzas del personaje y sus tropelías ciertas o inventadas.

Y las cadenas de televisión que así actúan, son las que más dinero ganan, cual es el objeto de las empresas privadas que las sostienen. Pero el que no quiera mirarlas que no lo haga, pero no trate de impedir que otros puedan hacerlo. O estamos en un país libre o en uno totalitario. ¿Resucitamos a Torquemada?

La persona instruida sabe donde encontrar más instrucción o información imparcial y veraz. No precisa de la televisión; como el fiscal jefe de la Audiencia Nacional, Eduardo Fungairiño que, por higiene mental, sólo ve documentales de la BBC, según afirmó en sesión pública de la Comisión del 11-M.

En los inicios de la francesa Canal+ decidieron sus propietarios que su público objetivo era el telespectador medio ilustrado que busca contenidos intelectuales en la televisión. ¡Craso error! La cadena perdía tanto dinero que se produjo una revolución interna y se cambió su formato, decidiéndose que fuera una cadena de entretenimiento, información y cultura, por este orden. En cualquier caso, alejada de lo chabacano tipo “Mamá-chicho”. Lo que no obsta para que de tarde en tarde emitan todo tipo de cine porno, en su más cruda realidad, aunque a horas alejadas de la programación infantil o con la posibilidad de bloquear en el decodificador tales contenidos. Pero también en Canal+ están convencidos de que hay que dar al telespectador lo que quiere ver, si quieren mantener el negocio floreciente desde el punto de vista económico.

Así pues ¿telebasura? ¿Y la bibliobasura que hay en las estanterías de las librerías? ¿Y los semanariobasura que hay en los quioscos de prensa? ¿Hay que poner coto a tanto desmán reinstaurando la censura?

Eso es lo que pretende el Consell de l’Audiovisual de Catalunya (CAC) cuya ley que le dio la vida tuvo su origen definitivo en las bravatas matutinas de Federico Jiménez Losantos en la COPE en contra del nuevo Estatut y el Parlament, éste sí, decidió poner coto a tanto desmán. Los mismos que abogan por la libertad de expresión, cuando se les tuerce el gorro legislan para que ese derecho no sea universal.

Quien quiera dar dinero a ganar a las cadenas de televisión que emiten basura que lo hagan si tal es su decisión, libre y espontánea. Si por el contrario creemos que el país y sus ciudadanos necesitan una mayor educación para que sean auténticamente libres de elegir un canal edificante, que los gobiernos se apliquen a ello, pues esa sí es una de sus obligaciones.

Y que procuren, ya de paso que los libros de texto no sean tan gravosos para las familias.

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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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