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El coro de Mestalla

Daniel Sanabria
Daniel Sanabria
domingo, 16 de septiembre de 2007, 22:30 h (CET)
El fútbol es injusto. No es ningún descubrimiento, pero es algo que se puede corroborar cada semana. Y duele. La última fue el sábado, en Valencia, Mestalla. El marcador iba empate a un gol y quedaba poco más de quince minutos de partido. El murmullo de la grada empezaba a ser como ese del que sabe que tiene que hacer algo y no le da tiempo. El cronómetro avanzaba y los minutos se consumían. Y el murmullo aumentaba. Desde el fondo se escucharon los primeros acordes.

Cuando ya se vislumbraba el final, apareció el último mago de la escuela canaria para enseñarnos el as que se guardaba en la manga. David Silva salvó al Valencia, pero no a Quique. En cualquier estadio del mundo el murmullo del empate se silencia con el gol de la victoria, pero en Valencia no. Mestalla es diferente. Y es que en Valencia después de la tormenta no llega la calma. Sigue lloviendo con más fuerza.

El 2-1 que daba la victoria a los chés no pareció trastornar los planes del coro que minutos antes venía ensayando la afición de Mestalla. El “Quique vete ya” sonó tan alto como afinado y ya va para número uno de la lista de las canciones más escuchadas de la noche valenciana. Esta fue la cruz del partido. Pero lo más sorprendente es que la cara no fue el resultado. La cara se hizo esperar, y fue la de Quique, el primer quijote del siglo XXI. Lección de nobleza y señorío en la rueda de prensa.

Llevamos tres jornadas de liga y se podría comprender que la afición de un equipo grande demuestre su descontento si aún no se ha ganado ningún partido. Pero lo de Mestalla es distinto. Es otro mundo, el matrix del fútbol. El Valencia lleva dos partidos ganados de tres, una proporción que el año pasado le sirvió al Real Madrid para ser campeón (76 puntos de 114 posibles). Y la gente protesta, pita, abronca y reprocha a su entrenador. Lo quieren todo. Jugar bien, divertirse y ganar. Alguien les debería decir que estos tres verbos están reñidos en el fútbol moderno.

Y mientras, Quique oberva, calla y piensa, es decir, lo que hacen las personas inteligentes. Y la inteligencia en el fútbol vale por dos. A Capello el año pasado le sucedió algo parecido. La grada le increpó. Y el italiano lo solucionó con una peineta (de esas que Luis Aragonés dice que inventan las cámaras y no sus brazos). De momento, Quique está demostrando ser más inteligente, que Capello, y que la afición valencianista. Y es que donde Quique ve molinos, Mestalla ve gigantes.

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