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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Libertad social

Francisco Arias Solís
Redacción
domingo, 16 de septiembre de 2007, 22:03 h (CET)
“Tierra sin ningún cautivo.
Una paloma volando,
libre de olivo en olivo.”


Rafael Alberti

Los marxistas observaron hace mucho tiempo que las libertades políticas, las llamadas liberales “formales”, no bastan. Si las condiciones económicas no permiten al hombre una vida decorosa, las meras posibilidades políticas reconocidas en una legislación son inoperantes. Esto es indudablemente cierto, y ha sido un mérito incontestable de los movimientos socialistas -marxistas o no- el llamar la atención sobre los aspectos económicos de la libertad, y mostrar cómo no basta una declaración de principios, que fue la tentación de los primeros demócratas modernos, desde la Revolución francesa.

Únicamente hay que hacer, antes de pasar adelante, un par de precisiones. Las libertades que se llaman “formales” son precisamente las que informan la totalidad de la vida político-social, y en modo alguno son desdeñables; desde luego insuficientes, son absolutamente necesarias; sin ellas, ninguna otra libertad puede prosperar, ni siquiera la de quejarse de la situación cuando es lamentable. Esto quiere decir que no puede contentarse con las libertades “formales” o puramente políticas, pero que hay que empezar por ellas, y si faltan es vano cuanto se diga de las demás. La contraposición entre libertad política y justicia social es inadmisible, porque la privación de la libertad política es ya la más grave injusticia social.

La libertad reclama la posibilidad de realización de los proyectos. Estos requieren recursos proporcionados. A cada forma de vida, a cada pretensión, corresponde un nivel de recursos; es lo que se puede llamar propiamente “nivel de vida”: el nivel desde el cual se vive. Si una sociedad o parte de ella no alcanza ese nivel, la libertad es, al menos en cierta medida, puramente nominal y no puede ejercerse. Naturalmente, no hay un nivel fijo y dado de una vez para todas; depende, repito, de la pretensión vigente en una sociedad y de las posibilidades reales y no utópicas. Por eso la palabra “infrahumano” quiere decir algo sumamente preciso, pero no constante: lo que está, en cada situación, por debajo del nivel posible y debido de lo humano.

Pero esto quiere decir que uno de los requisitos de la libertad concreta es la promoción de la riqueza y de la posibilidad universal de acceso a ella. Si una fracción de una sociedad está excluida de los bienes económicos, la libertad política está viciada y falseada. Si, por cualquier tipo de razones, la producción de riqueza se mantiene por debajo de lo más alto posible, ocurre lo mismo. La consecuencia de esto es que el estímulo de la productividad es, inesperadamente, condición necesaria de la libertad y de la justicia.

El liberalismo del siglo XIX estuvo afectado de un grave error: el individualismo. El planteamiento exclusivamente individual del problema de la libertad esterilizó en buena medida el pensamiento político del siglo pasado. Y, por una curiosa ceguera para lo social -a pesar de haber sido Augusto Comte el creador de la sociología-, el siglo XIX enfrentó el individuo al Estado.

Y al decir que el individualismo es un grave error, no se entienda, que el hombre individual no interesa. Lo que pasa que el hombre individual, está hecho de sustancia social, vive en un mundo hecho de vigencias, usos, recursos, proyectos de carácter colectivo, desde la lengua hasta las costumbres, las interpretaciones de la realidad y los recursos técnicos.

La libertad no ha de defender sólo al individuo, sino también a la sociedad como tal y a los grupos sociales dentro de ella, a sus diversas articulaciones. Si las sociedades conservan suficiente elasticidad para que sus voces no caigan en el vacío, se superará la inmensa ofensiva actual contra la libertad, y esta prevalecerá. Y como dijo el poeta: “El viento libre se gana / ganando la Libertad”.

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