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Etiquetas:   Con el telar a cuestas   -   Sección:   Opinión

Ezequiel, ángel de revelaciones

Ángel Sáez
Ángel Sáez
jueves, 13 de septiembre de 2007, 21:53 h (CET)
“Lo breve, si bueno, dos veces bueno. Y aun lo malo, si poco, no tan malo”. Baltasar Gracián


La primera vez que reparé en las cuatro palabras que obran en el campanario, espadaña o título de la presente urdidura (pues ignoro si antes las había leído en alguna otra parte) fue en la firma de un pósit, que me encontré pegado en el espejo del váter cochambroso y cutre de un tren expreso, a uno de cuyos vagones acababa de subir (tras haber estado trabajando de barman y camarero durante el larguísimo –así se me hizo, por lo menos, a mí- fin de semana en el apócrifo bar “el Andaluz”) en la estación ferroviaria de Algaso, y que, Deo volente, me llevaría a Zaragoza, en cuya Universidad, concretamente, en su Facultad de Filosofía y Letras, servidor cursaba, a la sazón, Segundo de Filología Hispánica, y donde, en una de cuyas aulas, al día siguiente, lunes, a primera hora, teníamos clase de Latín con el doctor Matheu (a quien, aunque así lo había pensado al principio, ahora no creo haberle agregado por mi cuenta y riesgo la hache a su apellido).

Con una letra de pulga, y antes de urdir la susodicha firma, el autor había trenzado: “Tonto no es el que no sabe. Ése, en todo caso, merece(rá) recibir el adjetivo calificativo de ignorante (que lo es usted, desocupado lector, lo soy yo y, asimismo, lo fue, es y será cualquier hijo de vecino, aunque no todos desconozcamos las mismas cosas). Tonto, en sentido estricto, es el que no aprende ni a la de tres, ni a la de diez, ni a la de cien”.

La segunda vez que vi escritas y en ese mismo orden, si no marro, el cuarteto de palabras de marras, fue en la pizarra que alguien había tenido la genial idea de colocar en una de las paredes del vestuario donde se cambiaban de ropa los trabajadores de un local de comida rápida que había en una de las esquinas de la zona de ocio y restauración del Centro Comercial “Augusta”, de la capital maña.

Aunque no soy notario ni secretario judicial, puedo dar fe de ello, porque de esa guisa firmó el breve texto quien había dejado escrito sobre la sobredicha pizarra (el propio Ezequiel –o, en su defecto, alguien inspirado por él-, intuyo, sospecho y supongo) esto: “Un día llegarás contento al trabajo. Ése día es hoy y yo soy tú”.

Nadie sabe a ciencia cierta quién se atrevió a borrar la lacónica brevedad, pero me apostaría doble contra sencillo a que fue el mismo que, unas horas más tarde, contrito acaso, se apresuró a volver a escribirla de su propio puño y letra.

La tercera vez que el abajo firmante vio las cuatro palabras mentadas el menda lerenda andaba buscando un/a “imagenio” (les pido permiso a los mandatarios o rectores –y también a los accionistas y usuarios- de Telefónica para poder utilizar su “hallazgozada”) que explicara las diferencias existentes entre los vocablos “experto”, “inteligente” y “sabio”, que, entonces, le subyugaban.

En una de las excursiones oníricas que realicé por aquellas fechas, hizo acto de presencia Ezequiel, el proverbial ángel de la profecía, que vestía una capa parecida a la que solía llevar “el Zorro”. Al marcharse éste (de donde estuviéramos), me quedé prendado del cartel que llevaba prendido con cuatro imperdibles a sus espaldas y que decía así: “Experto es el individuo que sabe mucho (casi todo) de poco (una parcela, sea la que sea, del conocimiento –que no miento-). Reserva/o la dicción “inteligente” no para la persona que sabe mucho de varios campos del saber (a quien denomino, con propiedad y corrección –creo-, sabio), sino para la que sabe usar con arte y astucia lo poco que conoce, quiero decir, para la que sabe sacarle el máximo partido o provecho a las cuatro cosas que no ignora”.

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