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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

EL arte de envejecer

Francisco Arias Solís
Redacción
miércoles, 12 de septiembre de 2007, 21:56 h (CET)
“Lo más terrible de todo
es soñar que no se vive
y vivir de cualquier modo.”


José Bergamín

Para participar con ilusión y entusiasmo en el festín de la vida hay que saborear el mero hecho de vivir, aparte de que las cosas nos vayan bien o mal. La vida es maravillosa si no se le pide más que la vida misma, que no es poco.

Para vivir la vida no hay que desatender ninguno de los tres tercios de la jornada: trabajo, ocio y sueño. Al mismo tiempo se debe compaginar la libertad, el amor y la soledad para forjar ese otro mejor que todos llevamos dentro, o como, dijera el poeta: “Llega a ser el que eres”.

Viviendo... aprendemos a vivir pero para vivir toda la vida se necesita de ese arte que Ramón y Cajal definió magistralmente: “El arte de vivir mucho es resignarse a vivir poco a poco”. Y hemos de ser conscientes de que la muerte es el precio que debemos estar dispuestos a pagar por la vida. La proximidad de la muerte nos hace sentirnos libres y como dijera Manuel Azaña: “La libertad no hace felices a los hombres, pero les hace hombres”.

Lo terrible no es morir. Morirse no importa nada: lo que importa es que la vida con la muerte se acaba. No hay pobreza mayor que la de morir sin haber vivido, sin haber sentido la felicidad de vivir y sin haber tenido ilusión por vivir. No se tiene ilusión por ser joven. Se es joven mientras se vive con ilusión y se es viejo, cualquiera que sea la edad, cuando cuenta más el pasado que el futuro.

El progreso y la cultura han ido añadiendo no sólo años a la vida, sino vida a los años, y a la vez que ha ido aumentando la esperanza de vida ha ido disminuyendo la natalidad. En la Unión Europea casi uno de cada cinco adultos sobrepasa los 65 años, mientras que España ya cuenta con más de siete millones de ancianos , un 15,7 % del total de la población, lo que nos sitúa entre los países más envejecidos de la Unión Europea.

La esperanza de vida se está democratizando y envejecemos entre viejos que irán a la conquista del poder mediante el voto mayoritario para hacer respetar su derecho a la vida y a la dignidad de sus años. El respeto será uno de los valores característicos de la sociedad del futuro, en la que se reconocerá sin reserva que la competencia intelectual persiste hasta edad muy avanzada.

Hemos de aprender a vivir despacio, paladeando la segunda mitad de la vida, en la que no hay ninguna duda de que el reloj dando las horas no nos las da, nos las está quitando, y en la que se sabe que la felicidad como toda conquista de la inteligencia jamás se alcanza... pero también se sabe que se siente la felicidad de acercarse a la meta. Tendremos que aprender a convivir apaciblemente con muchos de los problemas que nos acosarán y que son insolubles a nivel personal. Y no hemos de olvidar que hay enfermedades de las que se muere y enfermedades con las que se vive. A veces más y mejor.

El difícil arte de envejecer es también el arte de quedarse solo. Frente al aburrimiento y la apatía hay que cultivar la capacidad de entusiasmo. No hay mayor deleite que envejecer aprendiendo.

Alguien ha dicho: “Ya ni el futuro es lo que era”, y es que realmente, no hay esperanza sin sueño, ni sueños sin esperanza. “Dejadme la esperanza”, clamaba Miguel Hernández. No querer ni esperar nada de la muerte, es querer y esperarlo todo de la vida. No en vano, en esta tierra en la que nada envejece, porque todo es viejo de nacimiento, se canta: “La esperanza que tenía / no era vivir por vivir / un poco más todavía; / sino porque viviría / muriendo por no morir / y el alma renacería”.

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