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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Sancionar en libertad lo que se aprobó bajo la amenaza de las armas

Mario López Sellés (Madrid)
Mario López
martes, 11 de septiembre de 2007, 21:32 h (CET)
Es lugar común que la Transición española fue un deshecho de virtudes. Lo cierto es que, efectivamente, a muchos españoles les satisfizo plenamente en sus anhelos políticos, a otros muchos les sobrevino inconscientemente y para otros muchos supuso cerrar en falso el debate sobre los fundamentos de nuestra convivencia en democracia. Además, los españoles menores de 52 años no tuvieron la ocasión de participar en su desarrollo en ninguna medida. La transición se inició con la disolución de las Cortes franquistas en una operación liderada por Torcuato Fernández Miranda –Secretario General del Movimiento, Presidente del Gobierno de Franco tras el asesinato del General Carrero- Blanco, tutor del príncipe Juan Carlos por encargo del propio Franco y, finalmente, Presidente de las Cortes y del Consejo del Reino-. Antes de que se iniciara ningún periodo constituyente se nombra a Juan Carlos Rey de España. Apenas después de dos meses de ser legalizado el Partido Comunista y otras organizaciones de izquierda que en el futuro supondrían un enorme capital humano para el PSOE, se celebran las primeras elecciones generales tras los 36 años de dictadura. El Gobierno que surge de las mismas está formado por destacadas personalidades del régimen franquista que lideran la coalición UCD dirigida por Adolfo Suárez –Director General de la televisión de Franco y Secretario General del Movimiento-. La Transición española fue un pulso entre los franquistas que querían continuar con la dictadura y los franquistas que querían abrir un camino a la democracia. En ese estado de cosas y sirviendo los partidos democráticos recientemente legalizados como comparsa de los franquistas más liberales, se firman en octubre de 1977 los Pactos de la Moncloa. Acuerdo en el que la izquierda democrática hipoteca sus legítimos proyectos políticos a favor de avanzar hacia un Estado democrático. Fruto de los Pactos de la Moncloa es la Constitución de 1978 en la que se incluye de fábrica la Monarquía como forma de Gobierno y el marco del desarrollo estatutario de las Comunidades Autónomas, entre otras sutilezas.

Han pasado más de treinta años de aquello y en ningún momento se ha dejado de discutir sobre sus consecuencias. Lo que es un hecho incontrovertible es que la Transición fue protagonizada por los políticos franquistas, con un Rey elegido por Franco y con las condiciones de unión entre los diferentes países del Estado español impuestas sin revisar las condiciones previas de sumisión al poder central. Y todo ello bajo el fantasma del posible golpe militar que nos podía devolver a los demócratas a las catacumbas. Y, por otro lado, la ETA lanzada a degüello en su particular lucha político-militar.

¿No parece más que justificado, sabiendo lo que sabemos de nuestra historia y estando libres por fin de una conspiración militar, que hagamos una lectura crítica de la Transición y que abramos libremente y sin tapujos los asuntos que se cerraron en falso con los Pactos de la Moncloa? Si queremos que la Transición sea para todos un legado venerable, es nuestro deber hacerla venerable. Y para eso no hay otro camino que el de sancionar en libertad lo que se aprobó bajo la amenaza de las armas. Reabrir el debate sobre la forma de Gobierno –Monarquía o República- y la manera de crear una unión entre los diferentes pueblos de España es la asignatura que nos queda pendiente para poder abordar otros asuntos vitales para nuestra convivencia y que en la actualidad están postergados sine die por culpa de la falta de acuerdo en lo fundamental.

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