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Etiquetas:   Con permiso   -   Sección:   Opinión

Medina del Campo

Pedro de Hoyos
Pedro de Hoyos
@pedrodehoyos
martes, 11 de septiembre de 2007, 21:32 h (CET)
Cada uno se monta el fin de semana como Dios le da a entender. Algunos salen de caza, otros van de camping o a la playa. Yo voy con frecuencia a Medina del Campo. No en vano en Medina se conservan tradiciones medievales, los domingos hay mercado y en sus calles dinámicas se vive un ambiente curioso, propio de un domingo en el que la gente trabaja, abre sus comercios y realiza sus compras.

Llegar es un paseo fácil y sugestivo por autovía, directamente desde mi casa, cómodo y seguro. Disfruto conduciendo por una vez muy serenamente, relajando la vista por el amplio horizonte castellano. Ya cerca, algo me impele siempre a hacer una parada en las bodegas de Rueda, cedo siempre a la tentación para disfrutar de su ambiente contradictoriamente cosmopolita y castellano, con clientes que hacen un pequeño alto en su largo viaje y con otros parroquianos y proveedores locales que trasladan por momentos un curioso y llamativo contraste de idas y venidas. Como es inevitable, cuando salgo voy cargado de productos de la tierra, también sólidos, conste, de los que voy dando serena cuenta en las semanas siguientes.

Me gusta pasear por las calles de Medina. Sin rumbo, despacio, quizá con las manos en los bolsillos, hablando o jugando con mi familia, pero siempre observando la ciudad y sus bulliciosos habitantes. Tiene Medina el tamaño que me gusta, el adecuado para disfrutar de unos servicios imprescindibles en una ciudad moderna sin haberse convertido en un lugar sin alma e impersonal. Se mezcla en sus calles el sabor de las actitudes y costumbres tradicionales y el espíritu de una ciudad comercial e innovadora. Aún conservan tanto en la calle Padilla como en la plaza mayor algunas casas que dotan de personalidad propia a esta antigua villa castellana, quiera la sabiduría de los medinenses conservarlas. Si algún terrible día fueran sustituidas por esos edificios modernos de acero, plástico y neón se perdería buena parte del sabor de los plácidos paseos, arraigado en los soportales de su plaza mayor que amparan estas soleadas mañanas septembrinas. Tan grave error acompañaría, lamentabilísimamente, al de aquella lumbrera del urbanismo que en algún momento del pasado decidió convertir el centro de esta plaza mayor en una árida meseta impersonal y áspera, desprovista de naturaleza y de belleza alguna. Espero, para tranquilidad de mi alma, que el culpable arda en el infierno de los urbanistas irrepetibles.

Pero me gusta pasear por las calles céntricas de Medina. Sin rumbo, despacio, quizá con las manos en los bolsillos, observando cómo se despereza la ciudad, cómo sus habitantes se encuentran y se saludan, se reconocen y se disponen a disfrutar de un domingo de mercado. Uno de los placeres que más disfruto es entrar en su comercio tradicional, charlar con unos y con otros y realizar alguna pequeña compra, esas cosas tal vez sin importancia que te producen el raro placer de lo inesperado. Sentado en alguna de sus terrazas contemplo el atareado quehacer de alguna señora endomingada o el inquieto caminar, siempre lleno de sonrisas y miradas de doble intención, de algunas chavalitas jóvenes que se sobresaltan al saludar inesperadamente a algún conocido de su misma edad. El ambiente en sus calles tiene ese grado justo de bullicio y animación que le motiva a uno para sentirse vivo y disfrutar de la vida. De las cosas ordinarias de la vida, quiero decir, ésas que son tan difíciles de gustar por el hombre que tiene puestos sus placeres en materias mucho más elaboradas, complicadas y mercantilizadas del siglo de las tecnologías y del comercio.

Suelo tener un problema cuando va llegando la hora de la comida. Durante largo tiempo he sido cliente de uno de sus más importantes restaurantes, quizá el más tradicional y renombrado de la Plaza Mayor, pero en vista de la aspereza en el trato y la mala atención al cliente, las prisas eternas y la actitud entre indiferente y despectiva de sus camareros, en el futuro habré de buscarme otro sitio, un restaurante es mucho más que un sitio donde a uno le echan de comer a cambio de unas monedas. Últimamente tampoco la relación calidad-precio correspondía a la legendaria fama del local.

Vuelvo con frecuencia a Medina del Campo, me gusta pasear por sus calles céntricas, sin rumbo, despacio, quizá con las manos en los bolsillos, observando cómo la ciudad se goza de su brillante presente y se enorgullece de su probable futuro.

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