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Etiquetas:   Con el telar a cuestas   -   Sección:   Opinión

11-S, otra 'diada' sin dos de sus 'hadas'

Ángel Sáez
Ángel Sáez
martes, 11 de septiembre de 2007, 21:32 h (CET)
(Breve aclaración que merece el desocupado lector. Si usted espera hallar en los renglones torcidos que siguen un artículo sobre la fecha en la que muchos catalanes guardan fiesta, tengo la obligación de advertirle sin ambages (de) que, como continúe leyendo, seguramente, se llevará un chasco de aúpa u órdago a la grande (a la “chica”, a pares –si los hay- y a juego –en el caso de tenerlo-), quiero decir, morrocotudo, tremendo. Así que, para evitarlo o eludirlo, le aconsejo encarecidamente que sea coherente, congruente y consecuente; y que deje aquí, ahora mismo, de posar y pasar su vista por el resto de las líneas, la urdidura en sí.)

“(…) tantas páginas me han llegado a convencer de que, pase lo que pase, siempre tendré en ti a un amigo, que tú eres mi única y verdadera esperanza (…) mientras se nos recuerda, seguimos vivos (…) siento que te conozco y que si puedo confiar en alguien es en ti. Recuérdame (…), aunque sea en un rincón y a escondidas. No me dejes ir”. Carlos Ruiz Zafón

Otra “Diada” sin dos de sus hadas, sí. Y es que todo depende de a qué nos estamos refiriendo o cuál es el sentido o significado que damos a las “hadas”. Si por tales entendemos los dos Torres Gemelas, pues sí. Si por tales entendemos a José Javier, mi hermano mayor, y Eusebio, mi padre, pues también; desgraciadamente, ambos, asimismo, abatidos. José Javier, con precipitación, nocturnidad y una niebla espesísima; Eusebio, (brin)dándonos a sus deudos (quienes, mientras vivamos, siempre estaremos en deuda con él), en la etapa final de su existencia, una colección completísima o muestrario surtidísimo de entereza y dignidad humana.

Tengo para mí que ninguno de los dos morirá, mientras al menda lerenda le funcionen a las mil maravillas las tres canónicas potencias del alma (sobre todo, la memoria) y los recuerde con cariño y devoción filial y fraternal, mientras haya unos ojos (o unas yemas de dedos, en el caso de los invidentes) dispuestos a leer lo mucho o poco que servidor trenzó con el propósito de que su segunda y segura muerte se demorara al máximo.

Hoy, martes, 11 de septiembre de 2007, arrancan o empiezan, en honor de la Virgen de la Soledad, las fiestas patronales de Cornago (La Rioja), el pueblo donde nació mi señor padre (localidad y persona tan queridas por mí que uno de mis heterónimos predilectos es, precisamente, E. S. O., un andoba de Cornago, o sea, las iniciales del nombre y los apellidos de mi progenitor, Eusebio Sáez Ovejas, un fulano al que siempre le seguía, como si fuera o se tratara de su propia sombra, su patria chica), donde, Gracias a Dios, todavía vive mi tía María, una de las mejores personas que he conocido (no sé si por una cuestión de causa-efecto o de “serendipia”, “serendipidad” o chiripa, pero lo incontrovertible es que he gozado de la oportunidad y he tenido la fortuna de conocerla) en mi vida y que cabe hallar hoy sobre la faz del planeta Tierra.

Deo volente, una vez cursada la preceptiva invitación por parte de mis dilectos y generosos primos Nicolás y Pili (deferencia habitual que tienen con uno –el susodicho gesto de cortesía ya es un hecho proverbial en ellos-), allí, en Cornago, pasaré e intentaré disfrutar a tope (de) sus tres últimos días de fiestas, mezclándome entre sus alegres estampas y acogedoras gentes, o sea, su paisaje y paisanaje.

Ya han pasado seis años, sí, pero parece que todo ocurrió ayer.

Tras haber sido intervenido quirúrgicamente la víspera por los expertos cirujanos Alberdi, González de Echávarri y Soto (que me extirparon dos cánceres –desde entonces, la susodicha voz dejó de ser, al menos para mí, palabra tabú- incipientes –¡menos mal!- en colon y recto) y ser cuidado con inmejorable primor, durante veintitantas horas, por las manos benéficas y sanadoras de las doctoras y enfermeras de la UCI del Hospital “Reina Sofía”, de Tudela; a las seis de la tarde del once de septiembre de dos mil uno, apenas unos segundos después de que me pasaran del lecho de la UVI a la cama de (la) planta, conforme dejábamos atrás metros y más metros de pasillo y tomábamos el ascensor, camino de la habitación, el camero (pues cama manejaba y no camilla), celador zumbón (reputé ipso facto), había comenzado a largarme una engañifa o trampantojo de mus y museo, esto es, de tomo y lomo, inverosímil, absurdo, acaecido, según él, tres horas antes, en Nueva York, y siguió dándome detalles canallescos del ataque terrorista (supimos luego) de Al Qaeda; verbigracia, que dos aviones habían hecho blanco o diana contra las Torres Gemelas, un camelo como un camello, o sea, y que éstas se habían desmoronado. Si no marro en mis remembranzas, recuerdo que le dije al guasón, poco más o menos, estas palabras: “Para, por favor, porque, como sigas por ahí, promoviéndome tanta hilaridad, se me van a soltar los puntos de la cicatriz. A otro pipiolo o perro con ese hueso tan grueso, con esa bola o bulo narrado con tamaña maña. Que sí, majo, que sí; que acabo de salir de la UCI, pero controlo un montón y estoy lúcido como una lucerna. Así que hazme la merced de guardar para otro la trola”. Me lucí, sin duda.

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