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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

La enfermedad de los jefes

Francisco Arias Solís
Redacción
lunes, 10 de septiembre de 2007, 22:00 h (CET)
“Por no querer perder el tiempo
pierdes el tiempo y el alma.
Estás perdiendo la vida
de tanto querer ganarla.”


José Bergamín

La enfermedad de los jefes constituye una forma particular de la neurosis del trabajo, con un vencimiento mortal que es el infarto de miocardio. Se trata de un conjunto de afecciones y síntomas muy diversos: digestivos, urinarios, cardiovasculares, neurovegetativos..., unidos por el mismo vínculo: el de la ansiedad más o menos consciente. Enfermedad que afecta casi exclusivamente a aquellos que ejercen una profesión que requiere, además de un “surmenage” físico excesivo y grandes esfuerzos psíquicos, un compromiso excesivo de su responsabilidad que les impulsa a identificarse con la empresa.

Alguien ha dicho que la neurosis es un modo infantil de resolver un conflicto. Por lo general, las neurosis del trabajo afectan a sujetos cuya personalidad ha permanecido relativamente inmadura o que se encuentran desplazados en un medio diferente de su medio hereditario o de sus experiencias personales. Los neuróticos del trabajo se convierten en máquinas productivas, obsesionados con vencer obstáculos y que descuidan o aplazan su evolución como personas.

La neurosis se presenta cuando las exigencias del medio y del trabajo sobrepasan las aptitudes nerviosas del sujeto y sobre todo sus capacidades de adaptación.

Llenar el tiempo, tal parece la obligación más posmoderna. Y llenarlo con actividades que otorgan sensaciones de reconocimiento social o autoestima. Pero la vida cotidiana está repleta de mediocridad. Los que padecen la enfermedad de los jefes son personas que se vuelcan en una actividad que le supera humanamente, pero que afrontan con todas sus energías. Entregados a la actividad, se olvidan de sí y de la mediocridad, mientras vuelcan sus fuerzas en una labor reconocida socialmente y les permite autoafirmarse. Estos jefes obtienen poder a cambio de su entrega, lo que inicia un círculo vicioso: a más dedicación, mayor reconocimiento propio y ajeno. En apariencia es una actitud gratificante para ellos, pero quienes sacan tajada son las empresas.

En el fondo tras esa perversión del trabajo subyace una explotación refinada fundada en los valores que se han propagado en los últimos años y entre los que se cuenta la admiración por el éxito material.

Los pacientes de esta enfermedad que amenaza con terminar con los jefes suelen ser personas alienadas, ansiosas, agresivas, estresadas que utilizan el trabajo para apartar su hostilidad reprimida y su inadaptación social. Para estas personas, el trabajo ejerce una acción similar a un narcótico, y la muerte sobreviene por sobredosis.

Un buen jefe es el que puede dar a su grupo un máximo de su seguridad emocional, mientras que todo jefe neurótico es neurotizante para el grupo y para todos los que le rodean.

El conjunto de afecciones que configuran la enfermedad de los jefes hace presa exclusivamente en personas de 40 a 60 años. Dicha enfermedad evoluciona en tres etapas, de las cuales las dos primeras son latentes y difíciles de captar. La primera fase o fase premonitora es exclusivamente psíquica, el jefe se muestra irritable, agresivo, etc. En la segunda fase o fase preclínica, el sujeto se muestra febril e hiperactivo, le aparece una fatiga que no cede al reposo y sufre manifestaciones más claramente neuróticas; el jefe duda de sí mismo o se vuelve desconfiado y presenta hipertensión, hipercolesteronemia, ligera diabetes, dolores erráticos, etc. Por último, la tercera fase o fase de los trastornos circulatorios, con hipertensión arterial e infarto de miocardio, con un final frecuente: muerte súbita.

La causa de estos trastornos es la desaptación, brusca y brutal a las condiciones de existencia: el trabajo deja de ser interesante, valorizante y constituye un peso, todos los problemas se convierten en frustradores e insolubles.

La tragedia de nuestra sociedad queda ejemplificada por la propagación de esta nueva enfermedad social que refleja el daño que puede ocasionar el embrutecimiento progresivo del trabajo. Y como dijo el poeta: “¿Cuándo querrás entender / que aunque seas lo que seas / lo estás dejando de ser?”

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