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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Jornaleras

Francisco Arias Solís
Redacción
sábado, 8 de septiembre de 2007, 19:07 h (CET)
“A la vendimia, niñas
vendimiadoras.
A la vendimia, niña,
que ya es la hora.”


Miguel Hernández

La incorporación de la mujer rural al mundo laboral es un factor de cambio importante. A pesar de todas sus contradicciones, el hecho de tener un marco más amplio de relaciones, una participación en el ámbito público y un salario propio, le permite ampliar su campo de actividades y decisiones. Aunque esto no significa que por el hecho de realizar un trabajo asalariado quede superado su papel subordinado, y asuma la igualdad de papeles con el otro sexo, pero posibilita que ponga en cuestión el rol que la sociedad le ha obligado a tomar.

Las profundas transformaciones que experimenta el medio rural convergen con un radical planteamiento del papel de la mujer en la sociedad, que se manifiesta en la aspiración de las mujeres a una identidad basada en la autonomía individual y no en la subordinación que arrastra su reinado doméstico.

Los procesos de mecanización de la agricultura han hecho desaparecer o transformado muchos espacios de laboriosidad femenina, por otra parte, la universalización de las relaciones de mercado han hecho perder sentido económico a las tareas doméstico-productivas destinadas al consumo familiar, y por último, el papel que ha ocupado tradicionalmente la mujer en la organización del trabajo agrario familiar ya no convence a las jóvenes, que buscan en la industria y los servicios locales la oportunidad de empleo que les permita romper con el destino de sus madres.

El rechazo a la agricultura, no es sólo un fenómeno generacional sino también genérico en la medida en que la mujer joven experimenta acentuadamente la contradicción entre sus expectativas, conformadas desde una mejor formación y una más amplia socialización en los valores de la cultura urbana, y los modelos patriarcales y familiares propios de la organización del trabajo agrícola.

El cuestionamiento de la identidad social de la mujer rural responde así a procesos sociales que confluyen, y se materializan en la ruptura de un modelo tradicional de laboriosidad femenina, anclado en la domesticidad familiar, en el cual, la actividad de la mujer, ocultada en el ámbito de lo familiar-privado, raramente adquiere la categoría social de “trabajo”.

La quiebra del orden tradicional, que situaba claramente a la mujer en cada ámbito de la vida social, entra en contradicción en muchos casos con la estrechez de los mercados de trabajo locales, incapaces de proporcionar alternativas de integración laboral-social a las mujeres. El desarraigo temporal o definitivo de la emigración, puede ser en estos casos la consecuencia inevitable de esta situación.

Una de las características del trabajo agrario, en general, es la eventualidad. El desarrollo de los sectores más rentables de la agricultura, se basa en gran medida en el empleo de una gran cantidad de obra femenina eventual (fresa, flor cortada, aceituna, vendimia, algodón, naranja...)

El colectivo de jornaleras se caracteriza por una baja cualificación profesional y la frecuente falta de relación contractual con la que realizan su trabajo. Trabajo a destajo, horarios excesivos, malas condiciones de trabajo y salarios “femeninos” son algunos de los rasgos que caracterizan este duro trabajo.

El valor emancipador del salario queda, de alguna forma, cuestionado por esta integración marginal de la mujer en el mercado de trabajo, pudiendo entenderse así la asimilación que se produce muchas veces entre la salarización de las jóvenes rurales y la reproducción del orden tradicional familiar, al constituirse su salario en aportación a la bolsa familiar que le es reintegrado en el momento del matrimonio con la compra del ajuar, y gran parte de los enseres y mobiliario de su futuro hogar.

El hecho de que la mujer rural se haya incorporado al mercado de trabajo no supone en líneas generales, que se haya producido un proceso emancipador que le sitúe en una posición de igualdad respecto al varón. La valoración como subsidiario del trabajo femenino, tanto el doméstico como del extradoméstico, dificulta esa aspiración de igualdad. Y como dijo el poeta: “Yo creía que con el tiempo / mis penas se acabarían, / y se me van aumentando / como las horas del día”.

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